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Islam y Terrorismo Intelectual
Artículo de Ibn Warraq
 Publicado en Islam Watch el 21 de diciembre de 2006

Turbantes mentales desautorizan y coartan un  enfoque intelectual verdaderamente comprometido sobre Islam



Aldous Huxley definió en cierta ocasión al intelectual como aquella persona que ha descubierto en la vida algo más interesante que el sexo: definición ingeniosa aunque poco acertada pues convertiría en intelectual a todo hombre impotente o mujer frígida.
Una mejor definición sería la de librepensador, no en el estricto sentido de alguien que no acepta los dogmas religiosos, sino en el más amplio de alguien que posee la voluntad de indagar, que exhibe dudas racionales sobre planteamientos intelectuales en boga, y que no teme aplicar el pensamiento crítico a cualquier cuestión. Si el intelectual es realmente alguien comprometido con la noción de verdad y con la búsqueda sin cortapisas de esta última, aquel o aquella no podrá,  detener sin más sus interrogantes mentales ante las puertas de cualquier religión, y menos aun ante las del Islam. Y sin embargo, eso es precisamente lo que ha sucedido con el Islam, respecto al que, cualquier espíritu crítico en el actual clima intelectual, es tabú.

Las razones por las cuales muchos intelectuales han continuado tratando al Islam como un tabú, son múltiples y variadas, incluyendo:

1.- la corrección política que conduce a la corrección islámica;
2.- el miedo a hacerle el juego a racistas o reaccionarios, perjudicando así a las minorías musulmanas de Occidente;
3.- motivos económicos o comerciales;
4.- el sentimiento postcolonial de culpa (en el que todos los problemas del planeta se atribuyen a las malvadas intenciones y actuaciones de Occidente);
5.- el puro y simple miedo;
6.- el terrorismo intelectual de escritores tales como Edward Said.


Said no solo enseñó a toda una generación de árabes las maravillas del arte de la autocompasión (solo con que estos malditos sionistas, imperialistas y colonialistas nos hubieran dejado en paz, seríamos importantes, no habríamos sido humillados, no estaríamos atrasados) sino que intimidó a académicos occidentales de escasa consistencia, así como a una serie de intelectuales, aun más inconsistentes e invariablemente izquierdosos, para que aceptaran que cualquier tipo de criticismo sobre el Islam debía descartarse como Orientalismo que era, y en consecuencia, sin ningún valor.

Said escribió un polémico libro, Orientalismo (1978), cuya perniciosa influencia aun se deja sentir en todos los departamentos de estudios islámicos, donde cualquier planteamiento crítico con el Islam es descartado a priori. Para Said, los orientalistas formarían parte de una conspiración malévola para denigrar al Islam, a fin de mantener a estos pueblos permanentemente sometidos, constituyendo una amenaza para el futuro del Islam. Estos orientalistas buscarían el conocimiento de los pueblos de Oriente con la única finalidad de dominarlos, estando la mayor parte de ellos al servicio del imperialismo.

Los intelectuales occidentales se tragaron entera la tesis de Said, dada su perfecta compatibilidad con el profundo antioccidentalismo de muchos de ellos. Este antioccidentalismo  reaparece con cierta regularidad en la prosa de Said, y así ocurrió en sus comentarios en The Guardian, tras el 11 de septiembre. La deliberada ausencia de valoración moral, la falta de calor y la manifiesta inquina que destila el artículo de Said, con su negativa a condenar de forma directa los atentados contra América o a mostrar cualquier compasión respecto a las víctimas o al pueblo americano, dejan un desagradable regusto en la boca a cualquier persona cuya sensibilidad moral no haya sido embotada por la corrección política e islámica. Contra toda evidencia, Said aun argumenta que fue la política exterior americana en Oriente Medio y en el resto del mundo la que provocó los atentados.

El desdichado resultado de todo ello es que los académicos ya no pueden hacer su trabajo con honestidad. Un erudito que trabajaba en unos recién descubiertos manuscritos coránicos dio a conocer algunas de sus llamativas conclusiones a un distinguido colega, un experto mundial en el Corán. Este no le preguntó, "¿Qué pruebas existen, cuáles son tus argumentos, qué hay de cierto?".  Se limitó a advertirle que esa tesis era inaceptable porque ofendería a los musulmanes.

Muy recientemente, el Profesor Josef van Ess, un erudito cuyos trabajos resultan esenciales para el estudio de la teología islámica, terminó bruscamente su investigación, ante el temor de que no recibiera la aprobación del Islam suní. Gunter Luling fue hostigado y expulsado de la profesión por las universidades alemanas por haber sostenido la revolucionaria tesis de que al menos un tercio del Corán era originalmente himnodia cristiana preislámica, que nada tenía que ver, por tanto, con Mahoma. Un arabista alemán dice que hoy en día los académicos llevan virtualmente "un turbante en sus mentes", y practican "la erudición islámica" antes que la erudición sobre el Islam. Y mientras que la crítica bíblica ha hecho importantes progresos desde el S.XVI, cuando Spinoza demostró que el Pentateuco no podía haber sido escrito por Moisés, el Corán es prácticamente desconocido como documento humano susceptible de análisis mediante la aplicación de los instrumentos y técnicas usados en la crítica de la Biblia.

Los académicos occidentales deben defender sin acobardarse su derecho a estudiar el Islam, explicar su auge y decadencia según los  mecanismos habituales de la historia humana, de acuerdo con las pautas habitualmente aceptadas de la metodología histórica. La democracia depende de la libertad de pensamiento y debate. La noción de infalibilidad es profundamente  antidemocrática y anticientífica. Resulta perverso que los medios de comunicación occidentales lamenten la ausencia de reformas dentro del Islam a la vez que ignoran deliberadamente libros como El imperialismo árabe de Anwar Shaikh o el mío Why I am not a muslim. ¿Cómo piensan que van a tener lugar esas reformas si no es mediante el espíritu crítico? La modificación legal propuesta por el gobierno laborista para proteger a los musulmanes, aunque bienintencionada, es un deplorable error. Y tendrá como consecuencia que los editores serán aun más reacios a publicar cualquier estudio crítico sobre el Islam.  Si sofocamos el debate racional sobre el Islam, lo que emergerá será precisamente aquello que el gobierno trata de evitar: el racismo populista y virulento. Tampoco podemos permitir que sean los musulmanes quienes decidan subjetivamente que ha de entenderse por "incitación al odio religioso",  pues ello conllevaría que cualquier aproximación crítica al Islam sería silenciada alegando odio religioso. Solo en una democracia en que la libre búsqueda intelectual esté garantizada la ciencia podrá progresar. Por el contrario, las leyes concebidas de forma apresurada pueden dañar gravemente el filamento dorado del racionalismo que discurre por la civilización occidental.