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Extracto del artículo del jeque Yusuf Al-Qaradaui "La sociedad musulmana y la lucha contra la apostasía".

El peligro más terrible al que se enfrenta la sociedad musulmana es la amenaza a su identidad espiritual, es decir, la amenaza a su fe. Es por ello por lo que la apostasía - la negación de la fe en el islam- es el peligro más terrible al que la sociedad musulmana se ve confrontada. El mayor complot urdido por los enemigos de esta sociedad consiste en apartar a los Musulmanes de su religión, ya sea por la fuerza y las armas, o usando la astucia y el engaño. El Altísimo dice: "Si pudieran, no cesarían de combatir contra vosotros hasta conseguir apartaros de vuestra fe." (sura 2, la Vaca, Al-Baqarah, versículo 217)
En nuestros tiempos la sociedad musulmana ha sido el blanco de violentas invasiones y ataques virulentos que tienen por objeto desarraigarla. Estas invasiones están simbolizadas por las campañas de evangelización que comenzaron con la colonización occidental y que continúan  todavía hoy en día  tanto dentro del mundo musulmán como en las comunidades de minoría musulmana. Entre los objetivos de estas campañas: la evangelización de los  musulmanes en el mundo, tal como lo ha mostrado la conferencia de Colorado, que tuvo lugar en 1978. En el curso de esta conferencia se propusieron cuarenta estudios sobre el tema del islam y los musulmanes. En ellos se trataba la cuestión de los métodos de evangelización que podrían utilizarse específicamente con los musulmanes. Una cantidad equivalente a mil millones de dólares fue recolectada con dicha finalidad. A raíz de ello se fundó el Instituto Zwemer que forma especialistas en la evangelización de musulmanes.

Estos ataques contra la sociedad musulmana están igualmente simbolizados por la invasión comunista que conquistó países musulmanes enteros en Asia y que llevó a cabo de forma feroz la desaparición del islam, mediante su eliminación de la vida cotidiana así como de la educación de generaciones enteras que no conocían el islam ni de cerca ni de lejos.

El tercer ataque se remonta a la invasión laica y atea, que continúa con su cometido en nuestros días en el corazón mismo de las tierras del islam. Unas veces se  muestra explícitamente, otras de forma subrepticia. Sin descanso, aquella persigue al islam verdadero,  al mismo tiempo que alaba al islam falso. Este tercer tipo de invasión es probablemente el más pernicioso y el más peligroso.

El deber de la sociedad musulmana -si quiere sobrevivir- es el de hacer frente a la apostasía provenga de donde provenga y lo haga en la forma en que lo haga. No se puede permitir que se propague y expanda como se expande el fuego por la paja.

Es eso justamente lo que hicieron Abû Bakr y los Compañeros, que Dios los bendiga. Estos combatieron contra los renegados que habían seguido a unos impostores que se hacían pasar por profetas, como Musaylimah, Sajâh, Al-Asadî, Al-'Ansî y otros, los mismos que estuvieron a punto de terminar con el islam incipiente.

El mayor peligro que puede existir es que la sociedad musulmana sea puesta a prueba por apóstatas heréticos que propagan la apostasía en el seno de la Comunidad, sin que haya nadie que les haga frente o que los detenga.  Es lo que un sabio ha manifestado acerca de la apostasía que nos castiga con dureza en estos tiempos: "Una apostasía, sin ningún Abû Bakr para hacerle frente". (1)
Es necesario oponer una firme resistencia a la apostasía individual a fin de ponerle coto y evitar que se expanda y que estallen por todas por todas partes sus chispas. Se convertiría así en una apostasía generalizada, porque de las pequeñas chispas nacen los grandes incendios.

Partiendo de lo anterior, los juristas del islam son de la opinión unánime de que el apóstata merece una pena, si bien pueden divergir en cuanto a la naturaleza de la misma. La gran mayoría estima que la pena que corresponde es la pena de muerte. Es la opinión de las cuatro escuelas de jurisprudencia islámica prevalecientes, incluso de las ocho escuelas.

A este respecto, una serie de hadices auténticos fueron narrados por un cierto número de Compañeros: Ibn 'Abbas, Abû Mûsâ, Mu'âd, Alî, 'Utthmân, Ibn Mas'ûd, Âishh, Anas, Abû Hurayrah y Mu'âwiyah Ibn Haydah.

Estos hadices son relatados siguiendo formulaciones diferentes. Por ejemplo, el hadiz de Ibn 'Abbâs: "A aquel que cambie de religión, matadlo." (referido por todos los compiladores de hadices con excepción de Muslim; se encuentra el mismo hadiz en la recopilación de At-Tarabânî, , según Abû Hurayrah, con una buena cadena de narración; y este hadiz fue narrado según Mu'âwiyah Ibn Haydah con una cadena de narración cuyos esalbones son hombres de confianza).

El hadiz de Ibn Mas´ûd: "La sangre de un musulmán que da testimonio de que no hay más Dios que Alá y que yo soy el Mensajero de Alá es ilícita salvo en tres casos: el de homicidio voluntario, el del fornicador que ya ha conocido el matrimonio y el del apóstata que abandona la Comunidad." (referido por  todos los compiladores de hadices).

Según otras versiones de este hadiz, de acuerdo con ´Utmân : "... un hombre que ha dejado de creer después de la Sumisión (Islam) o que ha fornicado después de haber conocido el matrimonio o que ha matado sin derecho alguno a un semejante." (referido por At-Tirmidhî - que lo califica de hasan (bueno)-, An-Nasâî y Ibn Mâjah; el sentido del hadiz es confirmado por la versión de Ibn ´Abbâs, de Abû Huryrah y de Anas).

El erudito Ibn Rajab dice:"Matar en cada uno de estos tres casos es algo admitido por  consenso de todos los musulmanes". (2)

Alí, que Dios honre su rostro, ejecutó la pena de la apostasía contra un grupo de personas que lo habían divinizado. El los quemó vivos, después de haberles pedido que se arrepintieran y haberles reprendido, pero ellos rehusaron arrepentirse y echarse atrás en sus pretensiones. En consecuencia aquel los arrojó al fuego, mientras decía:

"Lammâ ra'aytul-amra amram-munkarâ***Ajjajtu nârî wa da `awtu Qumburâ"

Traducción:

Cuando ví que la situación era vituperable*** encendí la hoguera e invoqué a Qumbur"
Siendo Qumbur su servidor y su paje (3).

Ibn `Abbâs desaprobó lo hecho por Alí, arguyendo lo señalado en otro hadiz: "No castiguéis usando el castigo de Dios" Ibn `Abbâs pensaba pues que era preciso castigarlos, pero no quemarlos. La divergencia de Ibn Àbbâs concernía por lo tanto al medio empleado pero no a la cuestión de fondo.

Igualmente, Abû Mûsâ y Mu`âdh ejecutaron la pena de muerte contra un judío del Yemen que se había convertido al islam y después apostató. Mu`âdh dijo entonces: "Es el juicio de Dios y de su Mensajero." (hadiz consensualmente reconocido- referido, entre otros, por Al-Bukhârî y Muslim).

`Abd Ar-Razzâq refiere que Ibn Mas`ûd puso bajo arresto a un grupo de personas, en Irak, que habían renegado del islam. Escribió entonces a Omar sobre este particular. Este último le respondió a través de una carta: "Proponles la religión verdadera y que testifiquen que no hay más Dios que Alá. Si lo aceptan déjalos en paz. Y si rehúsan, mátalos." Algunos de entre ellos aceptaron y fueron indultados. Otros rehusaron y fueron ejecutados. (4)

Se nos refiere por Abû `Amr Ash-Shaybânî que Al-Mustawrad Al-`Ijlî se convirtió al cristianismo después de haber abrazado el islam. `Utbah Ibn Furqud lo envió a Alí que le pidió que se arrepintiera, lo que el apóstata rehusó hacer. Alí lo condenó a muerte (5).


Existen dos tipos de apostasía: la apostasía agravada y la apostasía simple

El jeque del islam Ibn Taymiyah menciona que el Profeta- paz y bendición recaigan sobre él- aceptó el arrepentimiento de un grupo de apostatas pero que ordenó la ejecución de otro grupo que había añadido a la apostasía otros crímenes que comprendían el ataque y perjuicio para el islam y los musulmanes. Así ordenó matar a Miqyas Ibn Hubâbah el día de la conquista de la Meca, al haber sumado éste al delito de apostasía el del asesinato de un musulmán y la desposesión de sus bienes. Además aquel no se había arrepentido antes de que le pusieran la mano encima. El Profeta ordenó igualmente matar a los `Uraynitas cuando aquellos añadieron a la apostasía crímenes similares al de Miqyas. Ordenó también matar a Ibn Khatal que había añadido a la apostasía el insulto y el asesinato de un musulmán. Ordenó matar a Ibn Abû Sarh aue añadió a su apostasía la calumnia y la difamación contra el Profeta. Ibn Taymiyah distingue dos tipos de apostasía: de una parte, la simple apostasía para la cual cabe el arrepentimiento; de otra parte, la apostasía que se acompaña de una guerra contra Dios y su Mensajero y que se acompaña igualmente de la propagación de la corrupción en la tierra. En este caso el arrepentimiento del apóstata no es aceptado si éste se produce tras su arresto (6).
`Abd Ar-Razzâq, Al-Bayhaqî e Ibn Hazm refieren nque Anas, volviendo de Tastur, pasó por casa de Omar. Este último le preguntó: "¿Qué hacemos con las seis tribus de Bakr Ibn Wâ'il que han renegado del islam y que han regresado con los idólatras? Anas respondió: "Oh Comendador de los Creyentes, ese grupo de personas que han renegado del islam han sido muertos en el campo de batalla." Omar contestó:"A Dios pertenecemos y a él debemos retornar" (7) Anas dijo: "¿Pero tenían ellos otra salida que no fuera la de ser ejecutados?: "Si, yo iba a proponerles el islam y si ellos rehusaban, iba a meterlos en prisión" (8)

El sentido de este relato de nuestra tradición es que Omar pensó que la pena de muerte no era aplicable al apóstata en todas las situaciones. Aquella puede ser anulada o aplazada si la necesidad impone su anulación o aplazamiento. En este caso determinado la necesidad consiste en el estado de guerra, en la proximidad geográfica entre esos apostatas y los idólatras y en el temor de que esos apostatas fueran tentados a pasarse al enemigo. Omar probablemente había hecho la analogía con lo que dijo el Profeta -paz y bendición recaigan sobre él- : "No cortéis las manos durantes las batallas" y eso por el miedo a que el ladrón, enfurecido, se una al enemigo.
Existe otra posibilidad. La opinión Omar sería que el Profeta- Paz y bendición sobre él-, al decir "A cualquiera que cambie de religión, matadle", había dicho eso en su calidad de dirigente de la Comunidad y de Jefe del Estado. Eso significaría que esta decisión formaría parte de los decretos del poder ejecutivo, y que es un acto que se integra en la política legal. No se trataría, pues, de un dictamen jurídico (fatua) o de una enseñanza emanada de Dios a la cual la Comunidad debe someterse en todo momento, en todo lugar y en toda situación. De este modo la ejecución del apóstata y de todos aquellos que cambien de religión  correspondería por derecho al dirigente. Forma parte de las competencias y atribuciones de su poder. Si aquel pronuncia la sentencia de muerte, esta debe ser ejecutada. En caso contrario no se procederá a su ejecución.
(...)
(...) Hay que hacer la diferencia entre la apostasía simple y la apostasía agravada, como hay que hacer la diferencia entre los apostatas que invitan a la apostasía y los que no invitan a ello.

Así, cuando la apostasía es agravada -como la de Salman Rushdhi- y el apóstata invita a su herejía por la palabra o por la escritura, es recomendable en estos casos castigar de manera pronunciada,  y por lo tanto adoptar el criterio de la mayoría de los sabios de la Comunidad, de interpretar literalmente los hadices, con la finalidad de cortar de raíz  el mal y cerrar la puerta a la cizaña. (...)

El apóstata que invita a la apostasía no es un simple infiel, que no cree en el islam. Aquel emprende una guerra contra el islam y la Comunidad.  Y debe ser, por tanto, catalogado con el mismo título que el que emprende una guerra contra Dios y su Mensajero, esparciendo la corrupción sobre la tierra. La guerra, como señala Ibn Taymiyah, es de dos clases: la que se hace por la mano y la que se hace por la lengua. En materia de religión, la guerra por la lengua puede traer aun mayores perjuicios que la guerra por la mano. Es por esta razón por la que el Profeta -paz y bendición sobre él- mataba a los que hacían la guerra usando la lengua mientras que indultaba a aquellos que habían levantado sus armas contra él. De la misma manera, la corrupción puede provocarse por la mano o por la lengua. En materia de religión, la corrupción por la lengua es mucho más nefasta que la corrupción por la mano. Por ello está establecido que hacer la guerra a Dios y a su Mensajero por la lengua es mucho más terrible, y que la propagación del desorden sobre la tierra por la lengua es más peligroso. (10)

Ahora bien, como dicen los sabios, la pluma es una de las dos lenguas. Aquella puede incluso ser más terrible que la lengua y causar todavía más perjuicio, sobre todo en nuestra época en la que s posible asegurarse una amplia difusión de los escritos.
A más abundamiento, el apóstata que persiste en su apostasía es condenado a la  muerte moral por parte de la Comunidad musulmana. De este modo, aquel no gozará ya más de su lealtad, de su amor, ni de su ayuda. Dios, el todo poderoso dice en efecto : "Y aquel de vosotros que los tome por aliados, se convertirá en uno de ellos". (sura 5, la Mesa servida, Al-Mâidah, versículo 51). Para las personas dotadas de raciocinio y que tienen conciencia, esta muerte moral es en realidad mucho más grave que la ejecución física.


¿Por qué la sanción de la apostasía es tan severa?

Esta severidad en la lucha contra la apostasía es debida al hecho de que la sociedad musulmana se fundamenta en primer lugar y de forma prioritaria sobre la fe y la creencia. La fe constituye en efecto el fundamento de su identidad, la regla que rige su modo de vida y la esencia de su existencia.

Por esta razón, quedaría completamente excluido para cualquiera atacar este fundamento o agredir a esta identidad. Partiendo de ello, la apostasía declarada constituye el mayor crimen a los ojos del islam. Es efectivamente una grave amenaza contra la personalidad de esta sociedad y contra su entidad moral. A más abundamiento, aquella representa un peligro respecto al primero de los cinco pilares que el islam ha de preservar, por medio de todo su tejido legislativo y ético. Estos cinco pilares son: la religión, la vida, la filiación, la razón y la propiedad. La religión es el primero de esos pilares porque el creyente puede sacrificar su vida, su país y sus propiedades para preservar su religión.

El islam no fuerza a nadie a abrazarlo, ni a dejar una religión para convertirse a otra religión. Porque la fe que se tiene en cuenta es la que resulta de una elección meditada y de una convicción. Dios - Exaltado sea- dijo en el Corán  de la Meca (11): Si tu Señor hubiera querido, todos los habitantes de la tierra, absolutamente todos, habrían creído. Y ¿vas tú a forzar a los hombres a que sean creyentes (...)?  (Sura 10 titulada Jonás, Yunus, versículo 99). Dice también en el Corán medinés (12): "No cabe coacción en religión. La buena dirección se distingue claramente del camino descarriado" (sura 2 titulada La vaca, Al-Baqarah, versículo 256).

A pesar de ello, el islam no acepta que la religión sea un juego en el cual cada quien puede entrar un día, como le plazca, y salir mañana según le apetezca, tal como lo hacían algunos judíos que decían: "¡Creed al comenzar el día en lo que se ha revelado a los que creen y dejad de creer al terminar el día! Quizás, así, se conviertan." (sura 3 titulada la Familia de Amram, Al `Imrâm, versículo 72).

El islam no condena a la pena capital al apóstata que no profesa su apostasía o que no invita a otros a apostatar. Considera que su castigo está reservado a Dios en el día del juicio final, siempre que muera en la incredulidad. El Altísimo dice: "Las obras de aquellos de vosotros que apostaten de su fe y mueran como infieles serán vanas en la vida de acá y en la otra. Esos morarán en el fuego eternamente." (sura 2 titulada la Vaca, Al-Baqarah, versículo 217). En el peor de los casos, el islam castigará a un apóstata de esta clase con una pena discrecional adaptada.

El islam sanciona únicamente al apóstata que profesa sus opiniones, en particular aquel que se muestra activo en la invitación a la apostasía. El islam trata así de proteger la identidad de la sociedad y preservar los fundamentos de su unión. No existe ninguna sociedad en el mundo que no posea unos fundamentos de los que no se establezca su carácter inatacable, tales como, la identidad, la afiliación y la fidelidad. Será, por lo tanto, inaceptable para un miembro de una sociedad cualquiera, variar la identidad de ésta o variar su obediencia a la misma por la obediencia o los enemigos de ésta.
Es por esta razón que la traición a la patria y la alianza con los enemigos de ésta, testimoniándoles amistad o rebelándoles secretos, son consideradas como un crimen de gran importancia. Sin embargo, nadie ha dicho nunca que sea necesario reconocer al ciudadano el derecho a variar su lealtad a la nación para otorgársela a quien desee cuando lo desee.

La apostasía no es solo una toma de posición intelectual para la que el debate se reduce al principio de libertad de conciencia. Es mucho más que eso; se trata de un cambio de lealtades, de una transformación de la identidad, de una mutación de la afiliación. El apóstata traslada, desde el momento de su apostasía, su lealtad y su vínculo de una comunidad a otra, de una patria a otra patria; dicho de otro modo, de la tierra del islam (Dar Al-Islam) hacia otra tierra. Se desvincula de la comunidad islámica de la que era parte  integrante y se vincula por medio de su razón, de su corazón y de su voluntad con los adversarios de esta comunidad. Es  eso lo que relata el hadiz profético, según la versión consensual de Ibn Mas`ûd: "el apóstata que abandona la comunidad". La expresión "que abandona la Comunidad" tiene aquí un sentido general, no restrictivo: cualquier apóstata abandona de facto la comunidad.

Sin embargo, sea cual sea la importancia de su crimen, nosotros no iremos a rajarle el pecho para ver lo que encierra su corazón; no iremos tampoco a invadir su casa sin su conocimiento. Solo le juzgaremos por lo que declare abiertamente por su propia boca, por su propia pluma o por sus propias acciones. Es a partir de ahí cuando dictaminaremos si aquel ha incurrido en el agnosticismo declarado o explícito,  y que ello no admite ninguna interpretación ni deja lugar a duda alguna. Cualquier duda que haya, por el contrario, beneficiará al acusado de apostasía.

El laxismo en la sanción del apóstata declarado, que alienta la propagación de la apostasía, pone en peligro a la sociedad en su conjunto, y abre la puerta a la cizaña, y solo Dios -Exaltado sea su nombre- conoce las consecuencias de ello. Un apóstata de estas características podría engañar a la gente, en particular a los más débiles y más desguarnecidos; podría, entonces, formarse una organización hostil a la comunidad que se permitiría recurrir a la ayuda de los enemigos de esta para combatirla. De este modo, la comunidad se vería inmersa en una lucha y  en un degarramiento intelectual, social y político, que podría desembocar en una lucha sangrienta, o incluso una guerra civil que se llevaría por delante todo lo que encontrara a su paso.

Es por otro lado justamente lo que sucedió en Afganistán. Un grupo restringido renunció a su religión y abrazó la doctrina comunista  tras el paso de sus miembros  por Rusia para cursar sus estudios y de haber sido reclutados por el partido comunista. Y sin que nadie se lo esperara, aquellos se abalanzaron sobre el poder y emprendieron una transformación de la identidad de la sociedad en su conjunto, gracias a los medios y a la autoridad de que disponían. El pueblo afgano rehusó, sin embargo, someterse: resistió y resistió. Y esta resistencia se extendió hasta constituir la heroica Jihad afgana contra los apostatas comunistas, que no tuvieron ningún escrúpulo en aliarse con los rusos contra su pueblo y contra sus allegados. Machacaron su patria con los carros de combate, la bombardearon con aviones y la destruyeron con bombas y misiles. Así fue esta guerra civil que duró seis años y en la que las víctimas se contaban por millones de muertos, heridos, huérfanos, viudas y madres que habían perdido a sus hijos, sin hablar de la destrucción que arrasó el país y diezmó los campos y las bestias.

Todo ello pudo tener lugar a causa de la falta de atención prestada a los apostatas, de la tolerancia tenida con ellos y del silencio inicialmente mostrado ante su crimen. Si estos traidores hubieran sido castigados antes de que se hicieran con el poder, se hubieran ahorrado al pueblo y al país los males causados por esta espantosa guerra y los estragos sufridos por el pueblo y el territorio.


Restricciones metodológicas que han de ser tomadas en consideración.-

    Hay algunos extremos importantes a los que es preciso prestar atención y que yo querría mencionar.

En primer lugar, acusar a un musulmán de apostasía es una cosa muy grave, que implica que aquel se verá privado de todo lazo de fidelidad o vínculo previo con la familia o la sociedad. Ello implica así mismo que aquel sea separado de su esposa y de sus hijos. En efecto, no está permitido que un musulmán se encuentre bajo la protección marital de un no creyente (13). Además el apóstata no podrá ya nunca ser la persona responsable de sus hijos, sin hablar del castigo corporal respecto al que existe unanimidad por parte de los juristas, con carácter global.

Por estas razones, se ha de ser extremadamente cauto antes de lanzar el anatema sobre un musulmán cuya devoción al islam está comprobada. (...)

En segundo lugar, aquellos que están capacitados para lanzar una acusación de apostasía dirigida contra una persona musulmana son los sabios especialmente versados en la ciencia religiosa y los especialistas en esta cuestión que saben distinguir lo accesorio de lo fundamental, lo explícito de lo ambiguo, aquellos extremos susceptibles de interpretación de los que no lo son.  De este modo los especialistas no pronunciarán la excomunión más que cuando resulte manifiestamente claro que no existe otra la salida. Así la apostasía puede ser pronunciada en casos tales como estos: negar de la religión aquello que es conocido por necesidad (inkâr al-ma `lûm min ad-dîn bid-darûrah), mofarse de todo aquello que es cierto en materia de fe o de legislación islámica, insultar públicamente a Dios el Altísimo, su Mensajero o su Libro, etc.

En tercer lugar, el que ejecuta la pena es el dirigente legal, tras la formulación de un veredicto por la justicia islámica especializada que únicamente se fundará en la ley de Dios - Exaltado sea- y que solo hará referencia a los versículo o hadices claramente explícitos en el libro de Dios o en la Sunna de su Mensajero- paz y bendición sobre él-. (...)
En cuarto lugar, la gran mayoría de los juristas son de la opinión de que es obligatorio pedir al apóstata que se arrepienta, antes de la ejecución de la pena.(...)

En conclusión, podemos decir que dar a cualquier persona el derecho de acusar a un individuo de apostasía, de apreciar seguidamente que aquel merece un castigo, de decidir que ese castigo no puede ser otro que la pena de muerte y de ejecutar este veredicto sin piedad, constituye un grave peligro para lo bienes y para el honor. En efecto, esto significaría que un individuo cualquiera - que no posee ni la ciencia de los juristas, ni la sabiduría de los jueces, ni la responsabilidad de los ejecutivos -podría acaparar entre sus manos los tres poderes: pronuncia un dictamen jurídico - en otros términos, acusa de apostasía: el juzga y el ejecuta. De este modo aquel sería a la vez jurista, acusador, juez y policía.


Desestimación de las objeciones manifestadas por algunos contemporáneos

Ciertos escritores contemporáneos, desconocedores de la ciencia legislativa, se han opuesto a la sanción de la apostasía, arguyendo que una sanción de ese tipo no fue mencionada en el Corán y que no ha se tiene noticia de ella más que por un hadiz no recurrente (hadith âhâd), siendo así que los hadices no recurrentes no son tenidos en consideración cuando se trata de castigos corporales. Es por esta razón por lo que estos contemporáneos reniegan de la sanción de la apostasía.

Estos argumentos son refutables desde distintas ópticas

1.        La Sunna auténtica es la fuente de las directivas prácticas, y esto, según el consenso unánime de los musulmanes. Dios -Exaltado sea- dice en efecto: "Dijo: Obedeced a Dios y obedeced al Mensajero" (sura 24 titulada la Luz, An-Nûr, versículo 54); "Todo aquel que obedece al Mensajero obedece ciertamente a Dios" (sura 4 titulada las Mujeres, An-Nisâ', versículo 80).

Los hadices que ordenan matar al apóstata han sido autentificados, y han sido puestos en práctica por los Compañeros, durante el reinado de los Califas ortodoxos (15).

Decir que los hadices no recurrentes no pueden ser tomados en consideración cuando se trata de castigos corporales es inexacto. Todas las escuelas de jurisprudencia han tomado en consideración los hadices no recurrentes para determinar la sanción del bebedor de alcohol, siendo así que lo que se ha transmitido con respecto al castigo de la apostasía  es bastante más auténtico y bien documentado, que lo que se ha transmitido con referencia a la cuestión del consumo de alcohol.

Si los que pretenden eso, esto es, que los hadices no recurrentes no sean tenidos en cuenta en la resolución de los asuntos jurídicos, dijeran la verdad eso significaría la anulación de la Sunna como fuente del derecho islámico, o cuando menos, la anulación de entre el 95 y el 99 por ciento de lo que aquella contiene. Con lo que no habría lugar a seguir diciendo que nosotros seguimos el Corán y la Sunna.

Es bien conocido por los sabios que los hadices no recurrentes constituyen la mayor parte de los hadices cuyo trazo se encuentra en la resolución de las cuestiones jurídicas. El hadiz recurrente (hadith mutawâtir), al contrario de lo que sucede con el hadiz no recurrente, es rarísimo. Su rareza es tal que  algunos imanes del hadiz han afirmado que prácticamente no existen, como fue señalado por el Imán Ibn As-Salâh, en su célebre introducción a las Ciencias del Hadiz.
(...)
El hadiz que hace referencia a la ejecución del apóstata fue narrado por un gran número de Compañeros, algunos de los cuales ya hemos mencionado. Figura entre los hadices más expandidos y más célebres.

2.- Una de las fuentes del derecho islámico en vigor en la Comunidad es el consenso (ljmâ). Pues bien, los juristas de la Comunidad, tomando en consideración las diversas escuelas, ya sean o no sunitas, así como los juristas independientes no vinculados a ninguna escuela determinada, están de acuerdo en que el apóstata ha de ser castigado. Hay prácticamente unanimidad en afirmar que la sanción debe ser la pena de muerte (...).

2.        Ciertos sabios de siglos pasados manifestaron que el versículo de la guerra mencionado en la sura 5 titulada la Mesa servida, (Al-Mâidah), concierne a los apóstatas: "La recompensa de los que hacen la guerra a Alá y a su Mensajero, y que se esfuerzan por sembrar la corrupción en el mundo, es que sean muertos, crucificados, o que se les corte su mano y su pierna opuestas." (sura 5 titulada la Mesa servida, (Al-Mâidah, versículo 33). Entre los que han dicho que este versículo concierne a los apóstatas, se puede citar entre otros a Abû Qilâbah (17).

        (...)
              Por otro lado, Dios, exaltado sea, dijo en el Corán: "¡Creyentes! Si uno de vosotros apostata de su fe... Alá hará venir un pueblo al que Él amará y del cual  será amado, humilde con los creyentes, altivo con los infieles, que luchará en el sendero  de Dios, no temiendo la censura de ningún censurador" (sura 5 la Mesa servida, Al-Mâidah, versículo 54)

Este versículo indica que Dios ha preparado para los apostatas a ciertos miembros de entre los creyentes que les harán frente, gente que lucha por la causa de Dios y que el Altísimo ha descrito en ese versículo. Se puede citar el ejemplo de Abû Bakr y los Creyentes que, junto con él, salvaron al islam de la sedición apóstata.


La peor de las apostasías: la apostasía del jefe del estado

La apostasía más peligrosa es la del jefe del estado, la del dirigente del que se espera que luche contra la apostasía, que hostigue a los apostatas y los elimine de la sociedad musulmana. Si entonces es el precisamente el que se dedica a dirigir la apostasía, secreta o abiertamente, expandiendo la corrupción de manera disimulada o sin disimulo, protegiendo a los apostatas, abriéndoles ampliamente las puertas y las salidas y distinguiéndolos con títulos o medallas, la cosa pasaría a ser tal como la describió el poeta árabe:
Wa râ`ish-shâti yahmidh-dhi'ba `anhâ
Fakayfa idhar-ru`âtu lahâ dhi'âbu
Traducción:

Del lobo defiende el pastor a la oveja
¿Qué sería de ella si el propio pastor se vuelve lobo?

Este tipo de dirigente existe y  lo vemos entablar amistad con los enemigos de Dios, incurrir en hostilidad contra los amigos de Dios, despreciando su fe, desdeñando la sharía, no observando ni las órdenes ni las prohibiciones divinas y proféticas, relegando todos los elementos sagrados de la Comunidad (...) Estos dirigentes consideran que mantenerse fiel a las obligaciones islámicas es un crimen y un símbolo de extremismo.

(...)
Es entonces cuando la situación se vuelve delicada. ¿Quién va, pues, a castigar a estos dirigentes? Pero incluso antes de hablar del castigo ¿Quién lanzará contra ellos una acusación de apostasía, cuando se trate de una apostasía declarada (kufr bawâh) como la denomina el hadiz profético (18)? ¿Quien les juzgará por su apostasía siendo así que los aparatos legislativos y judiciales del estado están entre sus manos?

No queda más que "la opinión pública" musulmana y la conciencia colectiva islámica  dirigida por sabios, activistas e intelectuales independientes. Esta conciencia - si se le cierra en las narices toda posible salida- podrá desde ese momento transformarse, en volcán que estalla en la cara de esos tiranos apostatas. ¡Estaría bueno que la sociedad musulmana renunciara a su personalidad islámica, o abandonara su fe y el mensaje que conlleva, cuando estos constituyen su razón de ser y el secreto de su existencia!

La colonización occidental francesa pudo realizar sin traba alguna dicha experiencia, de igual modo que la colonización oriental rusa de las repúblicas islámicas de Asia. Pero a pesar del rigor y la larga duración de dicha experiencia en uno y otro sitio, no consiguió privar de sus raíces islámicas a la identidad y personalidad de esos territorios. La colonización y la tiranía se marcharon, el islam y los pueblos musulmanes han permanecido.

A pesar de ello, la guerra lanzada contra el islam y  los partidarios de este por ciertos "nacionalistas" laicos occidentalizados, en algunas regiones del mundo musulmán, tras su independencia, fue de una virulencia y encarnizamiento aun más terrible que la guerra impuesta por los colonizadores.


La apostasía disimulada o la hipocresía contemporánea

Con relación a la presente cuestión no debemos olvidar hacer una advertencia contra una forma de apostasía que no se pavonea jactanciosamente en la escena pública, como hacen los apostatas declarados. Este tipo de apostasía es bastante más taimada que aquella: no se muestra abiertamente, sino que se esconde bajo diferentes máscaras. De esa manera penetra furtivamente en el cerebro igual que el microbio en el cuerpo humano. No se la ve cuando ataca al organismo, y solo se la reconoce tras la aparición de la enfermedad y de sus síntomas. No mata con una bala sonora: mata con un veneno lento introducido en la miel y en los dulces. (...)

Se trata de "la apostasía intelectual", que nos muestra cotidianamente sus fechorías a través de los periódicos, de los libros editados, de revistas comercializadas, de debates difundidos, de emisiones visionadas, de costumbres y de leyes adoptadas.

Esta apostasía disimulada es, en mi opinión,  más peligrosa que la declarada, porque actúa de forma continuada y a gran escala. Además no se la combate como a la apostasía declarada, que origina todo un tumulto que atrae las miradas y excita a las muchedumbres.
(...)

El deber imperioso a este nivel es combatir a este tipo de apostatas con sus propias armas: el pensamiento con el pensamiento, hasta hacerles mostrar todas sus cartas, hacer que se quiten las máscaras y respondan a todos los equívocos que provocan con argumentos irrefutables.
Bien es cierto que aquellos cuentan con las mejores tribunas en la prensa y en los medios audiovisuales. Sin embargo, la fuerza de la verdad está de nuestro lado, el valor de la fe llena los corazones de nuestros pueblos, el apoyo de Dios - Exaltado sea su nombre- es para nosotros. Todo ello bastará para romper las artimañas de aquellos sobre sus cabezas.

Enlace al texto original en www.islamophile.org