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Si la laicidad retrocede  en Turquía, los derechos de las mujeres también
lo harán.


Por Ozer Aksoy, Turkish Forum, 24 de julio de 2008.


He leído con interés el artículo de Mark Mackinnon Tradicionals  headscarf unveils new rifts in Turkey (Globe and Mail, 22 de julio de 2008). Se observa en él una cierta confusión de conceptos -  por decirlo de la manera más delicada posible- en lo que concierne a las dicotomías laicidad e Islam, derecho moderno y cánones islámicos (sharía), élites y población no educada, centro y periferia, turcos negros y turcos blancos, vieja guardia frente a reformadores islámicos, y así algunas más.

Por eso pido a mis lectores que antes de embarcarse en un análisis sobre los actuales retos que afronta Turquía, intenten obtener una mejor comprensión acerca de dichas dicotomías. Veamos si yo consigo arrojar alguna luz sobre todo ello.

Mientras que el mundo cristiano se caracteriza por la separación de iglesia y estado, gracias al período histórico de la Ilustración, el mundo islámico continúa tratando la democracia y la laicidad como las dos caras de una moneda. Todavía hoy, la mayor parte de los países musulmanes dan encaje a la sharía en sus constituciones, siendo así que aquella no es compatible con la laicidad ni con la democracia.

 Turquía, por su parte, con un 99% de su población musulmana, fue constituida en 1923 como república laica. La laicidad no significa "oponerse a la religión". La laicidad se caracteriza por un profundo respeto por todas las confesiones, pues garantiza las libertades individuales al mismo tiempo que se opone a la superioridad de cualquiera de ellas sobre las demás. Si los cimientos laicos de Turquía se vieran socavados, su estructura democrática se vendría abajo inmediatamente. ¿Qué responde a ello el representante de la AKP en su reportaje?

La población y los gobiernos turcos desde 1923 han sido en su mayoría prooccidentales, pese a que entre un 5% y un 7% de los electores, provenientes en su mayoría de diversos medios religiosos, parecen oponerse a toda forma de occidentalización.

La revolución iraní de 1979 tuvo un impacto considerable en el conjunto del mundo musulmán. Además de ello, algunos países de Oriente Medio (como Arabia Saudita) han intentado con gran empeño exportar su versión del Islam, suministrando apoyo financiero a diversos círculos islamistas.

La combinación de estos dos factores ha desembocado en una explosión de lo religioso:
han surgido editoriales, las publicaciones islámicas se han multiplicado, las mezquitas están ahora en cada esquina de cualquier calle, y se han ido transformando en centros que imponen el modo de vida islámico. Se ha "formado" a mujeres y se las ha enviado a todos los hogares turcos de escasos ingresos para orientar e influenciar a las otras mujeres. Se han organizado cursos sobre el  Corán para adoctrinar a los niños desde una edad temprana. Estudiantes universitarios y de secundaria han sido financiados sin condición alguna. Ha habido manifestaciones para que los estudiantes se presenten en la Universidad ataviados con ropas islámicas, incluido el velo.
La prensa religiosa ha recalcado que la mujer debería cubrir la totalidad de su cuerpo. La mayoría de las estudiantes universitarias militantes estaban muy bien pagadas y han insistido en asistir a cursos de chador (vestido tradicional negro que cubre desde la cabeza a los pies) Para ello contaron con el apoyo de estudiantes islamistas extremistas y de abogados. Y ello, pese a que el Corán se limita a sugerir a las mujeres que cubran sus cabellos, pero no lo impone. La mayor parte de los medios de comunicación han apoyado a las estudiantes islámicas sin saber que aquellas que llevaban el fulard habían sido reclutadas a cambio de dinero (Fatna Benli en la entrevista que se le hace en su mismo reportaje).

El gobierno de Erdogan emprendió la tarea de erosionar el sistema laico en 2002. Hoy en día la situación no es tan inocente como la presentan ciertos medios occidentales Hay 67.000 escuelas laicas frente a 85.000 mezquitas. Habría que comparar también los 77.000 médicos que intentan dispensar a duras penas  atención sanitaria a los 75 millones de turcos, con los 90.000 religiosos (o imanes) bien remunerados por el Estado que dispensan la fe alegremente, a costa de los contribuyentes.

Aunque en Turquía haya solo un hospital por cada 66.000 personas, no habrá ningún problema en encontrar una mezquita por cada 350 personas.  Hay 1.435 bibliotecas públicas repartidas por todo el país,  frente a 3.852 cursos sobre el Corán. El presupuesto destinado a Asuntos Religiosos equivale al coste de 22 universidades. El gobierno Erdogan impulsa el modo de vida islámico en su esfera de influencia. Un número creciente de hoteles y municipios ofrecen piscinas segregadas, trajes de baño de cabeza a pies y el "hasema" para los hombres.

Algunos periódicos han alterado con el Photoshop la publicidad laica destinada a mujeres, a fin de alargar las mangas y las faldas que llevaban las modelos. Algunos hoteles y restaurantes han dejado de servir alcohol. Se señala que algunas licencias de alcohol han sido denegadas y que se han prohibido sitios de Internet de contenido pornográfico. Y los imanes -predicadores islámicos empleados por el gobierno- continúan fustigando sin cortapisas a las mujeres que osan salir a trabajar para su subsistencia.
Igualmente preocupantes son las formas de presión que se vienen ejerciendo sobre las mujeres que no se visten de manera suficientemente "islámica" o que comparten el espacio público con los hombres. La prensa islámica insiste en que no es correcto que los médicos varones examinen a pacientes de sexo femenino, y viceversa. Algunas estudiantes de medicina han puesto gran celo en intentar cumplir estas reglas de la sharía en Turquía, pero las autoridades laicas se lo han impedido.

Todos estos ejemplos salen directamente del repertorio aplicado en Irán o en Arabia Saudita. Observando los programas oficiales de islamización en Malasia, Marruecos, Argelia, Indonesia e Irán, podemos constatar con toda claridad como estos "países musulmanes" se transforman en "estados islámicos".

En todos estos casos las mujeres han sido previamente forzadas a cubrirse sus cabezas y sus cuerpos y luego, una serie de cambios sistemáticos en la forma de vida cotidiana se han ido introduciendo  progresivamente ¿No les suena a algo ya conocido?
El velo es mucho más que un trozo de tela. Bien atado para ocultar el cuello, el cabello y las orejas, el velo se han convertido en el símbolo indudable de la política islámica.
Esta es la razón de que las personas de mentalidad laica hayan luchado por excluirlo de las universidades y de las instituciones gubernamentales, tal como exigen las leyes laicas. Si vuestros lectores tienen aun dudas al respecto deben ser informados de que el primer ministro turco ha hecho recientemente una declaración pública diciendo algo al efecto: "... El velo es un símbolo político: bien ¿y ahora qué?"
Esta declaración revela sus intenciones y también las de su partido político islamista.

El Tribunal Europeo de Derechos Humanos se ha pronunciado en favor de la prohibición del velo islámico en las universidades turcas en noviembre de 2005, argumentando que "el velo parece venir impuesto a las mujeres en virtud de un principio religioso difícilmente conciliable con el principio de igualdad de sexos".

El Tribunal Constitucional turco ha anulado así mismo una ley elaborada por el AKP islamista que habría permitido a las mujeres de la república laica llevar el pañuelo islámico en las universidades.

El mundo occidental no parece darse cuenta de la amenaza inmediata y grave que pesa sobre los derechos de las mujeres en Turquía. No hay un solo país musulmán en el que los derechos de las mujeres hayan progresado un ápice, una vez que la religión se ha politizado.

La alternativa al extremismo religioso no es un golpe de estado militar. Yo no justifico una intervención militar como la  del 27 de abril de 2008. Pese a que sea deseable conservar la herencia laica de Atatürk, ello no debería hacerse al margen de los procesos democráticos normales.

Para decirlo con claridad: el velo es la tiranía de los hombres sobre las mujeres. Toda tentativa cuyo objetivo sea la justificación de esta agresión directa y brutal sobre los derechos de las mujeres, sea en nombre de la democracia, de los derechos humanos o de la libertad de expresión, o de otros principios, abocará simplemente en una toma de partido a favor de la tiranía.