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El Islam y el problema de la sacralización de la palabra
Por  Robert Fulford, National Post, 7 de marzo de 2009,


Son los pobres aquellos que más sufren en tiempos difíciles. Será, pues, inevitable que los países musulmanes se vean doblemente afectados por la recesión mundial. La mayor parte de los países musulmanes son tremendamente pobres, aun estando altos los precios del petróleo. Las naciones árabes, en particular, soportan gobiernos incompetentes, analfabetismo y una población en aumento que parece estar destinada a padecer la pobreza sine die. En la mayoría de los casos, estas naciones sufren, - y son conscientes de ello-, por el fracaso de no haber sabido edificar sociedades según los estándares modernos.

A esta conclusión llegaron los intelectuales árabes que redactaron, por encargo de la ONU, el Informe sobre Desarrollo Humano en los Países Árabes, del año 2002, al cual han seguido otros tres informes más detallados. En ellos se describen unas economías  en  estado de estancamiento crónico,  libertades limitadas, así como instituciones arcaicas en  la ciencia y la tecnología. Los académicos árabes describieron una región necesitada de cambios drásticos con urgencia.

Sus conclusiones eran plausibles, pero escasamente originales. En 1930, un periodista sirio-libanés, Chakib Arsla, publicó un libro "Pourquoi les Musulmans ont-ils pris du retard et pourquoi les autres ont-ils pris de l'avance? Los árabes educados habían comprendido que sus países, a juzgar por la vida que ofrecen a sus ciudadanos, eran inferiores a los de Occidente. Hoy, aquellos son conscientes de que numerosas sociedades no occidentales como China, Japón y Corea, les han tomado también la delantera.

Este fenómeno me fascina desde hace muchos años. En diciembre de 1999, escribí mi última crónica del milenio sobre el largo declive del mundo islámico. En el año 1000, el mundo islámico era superior a Europa en las ciencias y las artes. Pero lo que había comenzado como el milenio del Islam se convirtió realmente en el de Europa.

¿Por qué?

Dan Diner, un historiador de origen alemán que enseña en la Universidad de Leipzig en Alemania y en la Universidad hebrea de Jerusalén en Israel, nos ofrece una respuesta convincente en su último libro, Lost in The Sacred: Why the Muslim World Stood Still (Princeton University Press).

El estilo académico de Diner puede ser un obstáculo pero el contenido merece el esfuerzo. En su búsqueda de realidades estructurales tras la vida cotidiana, recuerda a Harold Innis, Marshall McLuhan y otros investigadores de la escuela de comunicación de Toronto.

Sitúa aquel el problema en la incapacidad del Islam para comprender la imperiosidad de  un fuerte ingrediente laico en la sociedad. Las culturas fundadas en la palabra de Moisés, Buda, Confucio e incluso Karl Marx, han demostrado ser bastante flexibles para crear espacios delimitados para los valores y las instituciones laicas. Entre las grandes religiones, el Islam ha resultado la única que considera esta idea intolerable.

Diner critica a Edward Said, según el cual Occidente sería el culpable de todos los fracasos de los países árabes. En su célebre obra L'Orientalisme publicada en 1978, Said mantuvo que el colonialismo expolió a los árabes y los humilló, además proporcionó a los universitarios occidentales justificaciones para sus prejuicios antiárabes. Sus ideas han influenciado a ejércitos de profesores que, a su vez han adoctrinado a dos generaciones de alumnos.

Pese a que Said simpatizaba con los árabes, lo único que hizo fue suministrar  a esa región pretextos para siglos de incompetencia, lo que no representa un gran favor para aquellos.

En el Islam, como pone de manifiesto Diner, la ley divina es inmutable. El trabajo, la ética, la moral y la política se encuentran profundamente influenciados por lo sagrado. Perderse en lo sagrado significa vivir de espaldas a los acontecimientos del mundo y de la posibilidad de progresar. La observancia estricta de la ley religiosa detiene el curso del tiempo.

Se ocupa Diner de Ibn Jaldún, un historiador islámico del siglo XIV que escribió sobre la ascensión y la caída de las dinastías, pero que nunca imaginó la evolución de la historia. Para él, los acontecimientos evolucionan de forma cíclica; todo es una repetición del pasado. En su opinión, el pasado se parece al porvenir como una gota de agua se parece a otra.

La imprenta, desarrollada por Johannes Gutenberg en el siglo XV, nos proporciona el ejemplo clásico de una situación en la que lo sagrado invade lo profano. La imprenta fue prohibida por las autoridades islámicas que creyeron que el Corán sería deshonrado si debía salir de una máquina. En consecuencia, los árabes no adquirieron prensas para imprimir hasta el siglo XVIII. Durante ese tiempo, los libros transformaron la propia naturaleza del pensamiento en Occidente, mientras que el Islam sufrió un retraso de 300 años.

Hoy en día, tal como sugiere el Informe sobre Desarrollo Humano, el desarrollo de una lengua árabe popular impresa es una necesidad; pero las autoridades religiosas se oponen a ello.

Los apologistas de las naciones árabes argumentan a veces que la necesidad de luchar contra Israel, les desvía del progreso social, y que los islamistas radicales representan una amenaza continua y costosa para sus sociedades. Pero, hasta donde  alcanza mi conocimiento de la cuestión, la situación de la mayor parte de los ciudadanos árabes sería igualmente miserable si el Estado de Israel nunca hubiera existido o si nadie hubiera oído nunca hablar de los Hermanos Musulmanes.

Las grietas en los cimientos de los estados musulmanes son mucho más antiguas y profundas que cualquier acontecimiento reciente.