Inicio
Convirtiéndose en americano, cada nuevo aspirante tenía que asumir unos deberes específicos y realizar un Juramento de Fidelidad  equivalente a una declaración jurada de su total lealtad a la nueva patria. Transcurridas dos generaciones, todo americano de origen extranjero se consideraba a si mismo como un americano más aunque conservara un afecto especial por la tierra de sus ancestros. Un irlandés-americano, por ejemplo, se consideraba tan americano como pudieran considerarse un germano-americano o un chino-americano.
Tradicionalmente América no ha tratado de homogeneizar  a las diferentes gentes. La noción de "melting pot" es bastante inadecuada. En realidad, América lo hizo mejor. Mientras daba la bienvenida a las más variadas gentes, las cohesionaba en torno a conjunto de valores centrales tales como el respeto a los derechos humanos, el gobierno democrático, y  el estado de derecho.

La llegada de un gran número de musulmanes en los últimos años está planteando un serio problema a esta nación de naciones. Dicho sin rodeos: nadie puede ser  musulmán y  americano al mismo tiempo. He aquí las razones:


        Un musulmán es, ante todo y sobretodo, un miembro de la Umma -un ciudadano del Islam universal-. Por lo tanto cuando un musulmán hace el juramento de fidelidad  a las leyes americanas, bien ignora las consecuencias del mismo, bien está mintiendo con toda intencionalidad. La ignorancia no es nunca un argumento válido en los tribunales de justicia, y la mentira durante el proceso de adquisición de la ciudadanía es un motivo para denegar la solicitud y deportar al defraudador. Desdichadamente, la taqiyya - mentira o disimulación- no es solo perdonada sino recomendada a los musulmanes en sus escrituras. Por lo tanto, un musulmán puede mentir y lo hará sin ningún remordimiento, cuando sea necesario.
        Los musulmanes son, por convicción y práctica, los más descarados violadores de los derechos humanos. No consideramos necesario detallar aquí la sistemática crueldad de los musulmanes con los no creyentes, con las mujeres de toda creencia y con cualquier clase de grupo minoritario. Para los musulmanes, los derechos humanos tienen un significado diferente, y la protección que estos garantizan se reservan estrictamente para los musulmanes, principalmente para los hombres. Un par de ejemplos pueden bastar por ahora: 1.- La opresión de las mujeres es tan sistemática en  el Islam que incluso en los tiempos que corren aquellas son, en el mejor de los casos, ciudadanos de segunda clase bajo la ley islámica. Arabia Saudita, a quien corresponde la custodia de los lugares sagrados del Islam, niega a las mujeres el derecho a conducir, votar o desempeñar cargos electivos, es decir, los más elementales derechos de los ciudadanos en las sociedades democráticas. 2.- La literatura de origen no islámico está prohibida en Arabia Saudita. Un cristiano que visite el Reino, por ejemplo, no podría entrar en él con una Biblia. Aun más, se imponen severas penas a todo aquel que ose criticar el Islam o abrace otra religión. El renacido chiísmo iraní a menudo compite con Arabia Saudita en su maltrato a las minorías sean o no religiosas.  Para los fanáticos  regidores que dirigen Irán, ha de aceptarse el Islam por ellos profesado o verse privado de los derechos ciudadanos o incluso condenado a muerte por el "pecado" de apostasía. Y por supuesto, ni que hablar tiene la brutalidad islámica de los talibán.
        El reconocimiento del imperio de la ley, tal como se entiende y se aplica por los pueblos civilizados, no es más que un instrumento de conveniencia para los musulmanes que lo usan cuando les interesa y  lo conculcan cuando no es así. El musulmán cree en una ley diferente: la sharía, un conjunto de leyes de la edad de piedra.  La vulneración de las leyes de los no musulmanes, por lo tanto, no implica verdadera vulneración para un musulmán. Lo que resulta increíble es el descaro y osadía con que los musulmanes reclaman que las democracias occidentales u otras legalicen la sharía en sus sociedades. Países como Canadá, Gran Bretaña o Suecia están viendo como la población  de origen musulmán, en su mayoría recién llegada al país, reclama que la comunidad musulmana se rija por la sharía. Y ello pese a que, una vez que la sharía es reconocida en mayor o menor medida, aquella se aplicará no solo en la resolución de asuntos que afecten a los musulmanes sino también a aquellos que afectan a musulmanes y no musulmanes. De acuerdo con la sharía un musulmán casado con una mujer no musulmana puede divorciarse de su mujer a voluntad, tendrá automáticamente la custodia  de los hijos, y podrá, literalmente, lanzar a la mujer fuera de casa "de él" sin compensación alguna.
        Como ocurre con la democracia, tampoco el gobierno del pueblo es algo con lo que los musulmanes se encuentren familiarizados. Los musulmanes creen que la ley de Alá debe regir el mundo bajo la forma del Califato, es decir, la teocracia. Hacer burla de la democracia, alterar su forma de funcionamiento, o hacer caso omiso de sus condiciones es una manera, para un musulmán, de desprestigiar aquello que previamente ya consideraba una impía y torticera forma de gobierno inventada por los infieles.

Para los musulmanes, la instauración de la Umma -el islamismo internacional- es la forma legítima de gobierno. Esa vigencia de la Umma es otra forma de despotismo como lo fue el comunismo y el fascismo, con la característica añadida de que esta estará revestida de autoridad "divina".

El mundo tiene buenas muestras de vigencia de la umma puestas en práctica en las autocracias islámicas, donde poder escudriñar. Jamenei en Irán no es denominado "Califa" sino "Guía Supremo". El Rey Saudita es otro Califa, vehículo de lo "divino". Estos déspotas islámicos son tan viles como pudieron serlo antes los Hitlers, Stalins, Pol Pots o Mussolinis. El gobierno que estos déspotas islámicos lideran está infestado hasta la médula con la enfermedad islámica de la opresión y la corrupción, además de carecer por completo de obligación de rendir cuentas al pueblo.

Las democracias consideran que el gobierno debe ser del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. La vigencia de la Umma sería un anatema desde el punto de vista de este sacrosanto y fundamental ideal  democrático.

Con un número cada vez mayor de musulmanes llegando a países no islámicos,  reproduciéndose con gran fecundidad, convirtiendo a los desencantados y a las minorías, con el  dinero de los petrodólares fluyendo a manos llenas y las arcas de los musulmanes suministrando espléndidos fondos, la comunidad musulmana cuenta con un gran poder para minar el gobierno democrático. Un consorcio formado por políticos complacientes, cegados por intereses egoístas y cortos  de miras; profesores ávidos de atención y subvenciones, con ínfulas de prima donna, y universidades bastión de progresistas/tontos útiles, es el que promueve, consciente o inconscientemente,  el gobierno de la Umma.

Es propio de la naturaleza humana el preocuparse, primero y ante todo, por el bienestar personal. Algunas personas dotadas de una gran humanidad, sitúan el interés general por encima del suyo propio. Sin embargo una gran mayoría permanece  fiel a la idea de que la verdadera caridad "empieza por uno mismo". Incluso si usted pertenece a este último grupo, la defensa de su interés particular, exige que haga todo lo que esté en su mano para asegurarse de que el mal del islamofascismo no devora la democracia. La democracia es frágil y corrompible. Requiere una ciudadanía vigilante para protegerla en su integridad.

Estamos plenamente de acuerdo con  observación de Churchill según la cual "la democracia es la peor forma de gobierno, si exceptuamos a todas las demás." Así que, por imperfecta que sea, la democracia sigue siendo el mejor sistema de autogobierno. Nosotros, todos y cada uno, debemos defenderla plenamente.

Amil Imani es un iraní, militante a favor de la democracia, que reside en EEUU. Es también poeta, escritor, traductor literario, novelista y ensayista que ha escrito y se ha manifestado a favor de la lucha que lleva la gente de su tierra natal. La página personal de Amil Imani es:
www.amilimani.com
Los problemas de la democracia con el islam
Por Amil Imani


(Enlace con Artículo Original)

Un cambio demográfico relativamente reciente, el significativo aumento de la población musulmana, plantea un serio desafío al sistema de gobierno de América, esto es, a la democracia.

Históricamente, gente de todas partes del mundo han venido a esta tierra de promisión y la han convertido en su hogar.