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Más allá del velo: Perspectiva de las mujeres musulmanas en un contexto laico y occidental.
                         
Por Maryam Namazie
                        
23 de noviembre de 2006
                                


Es crucial que se hable de los derechos de las mujeres "musulmanas", que se vaya más allá del asunto del velo y se debata acerca de la laicidad, especialmente a la luz de los ataques que lleva a cabo el islam político contra las mujeres y sus derechos, pero  restringir el debate, al hacerlo, sería un serio error.

En primer lugar, el así llamado colectivo de mujeres musulmanas es una invención. De entre las miles de características que presentan las mujeres ¿porqué centrarse en sus creencias? Actuando de ese modo se da por hecho que la religión conforma los derechos de todos aquellos designados como musulmanes (incluyendo a menudo gente como yo misma: una atea) Pero no es esto lo que sucede en la mayoría de los casos.

Más importante aun ¿Porqué deben discutirse los asuntos que afectan a las mujeres dentro de un contexto religioso o atendiendo a las creencias, reales o supuestas, de la mujer cuyos derechos se discuten? Esta no es la manera en que habitualmente se aborda el examen de los derechos. Por ejemplo ¿Acaso tratamos el problema de la violencia doméstica en relación con las mujeres cristianas o en el contexto de la cristiandad?

Este planteamiento parece  que solo se hace cuando se trata del islam, debido al relativismo cultural y a las políticas seguidas con las minorías. EL estado británico prefiere que las cosas sean así de manera que pueda asegurarse de que las denominadas mujeres musulmanas permanecen, de forma indefinida, ajenas a la sociedad británica, incluidas en guetos formados por comunidades fragmentadas, retrógradas y minoritarias en las que continúan afrontando el apartheid sexual y las leyes y costumbres islámicas.

Sus derechos no alcanzan los  más altos estándares  disponibles en la sociedad como sería de esperar, sino los  más retrógrados y reaccionarios. Para asegurarse de que las cosas permanecen así, el estado deja la gestión de estos Bantustanes de tres al cuarto a autoproclamados líderes de la "comunidad musulmana" y a "asesores de asuntos de la mujer musulmana" y continúa con sus arreglos comerciales como de costumbre, trapicheando y negociando con estados islámicos represores.

La izquierda, a quien corresponde tradicionalmente la defensa de los derechos de la mujer, respalda con desfachatez esta situación pues considera al islam y al islam político anti-imperialistas. Como resultado de ello, da igual lo que ocurra -lapidaciones y ahorcamientos en las plazas de las ciudades de Irán, concentraciones  de  la coalición en contra de la guerra realizadas por ambos sexos separadamente en Birmingham, o el maltrato a mujeres defensoras de los derechos de la mujer en Manchester-  aquellos están prestos a pasar por alto las violaciones a los derechos de la mujer. Una y otra vez, se excusa y justifica al islam y a los movimientos políticos islámicos a costa de las mujeres y de sus derechos.

Está claro que una discusión jurídicamente fundamentada no puede comenzar por el islam sino por la mujer y los derechos que esta tiene. En mi opinión, uno tiene que elegir entre defender el islam o defender a la mujer. No es posible defender ambas cosas porque son incompatibles y representan éticas opuestas.

En el islam la mujer es un sub-ser humano, una sierva inferior e infame, propiedad de los hombres. Mantener que las mujeres tienen un lugar elevado  en el islam es un insulto a nuestra inteligencia. El islam ha causado tantos estragos, masacrado tantas mujeres y hecho gala de tanta misoginia como para que resulte imposible negar estos hechos, excusarlos, reinterpretarlos o encubrirlos con débiles excusas.
De acuerdo con el Corán, por ejemplo, aquellas que cometan algún acto "deshonesto" deben ser "recluidas hasta que mueran o hasta que Alá les procure una salida" (Las Mujeres, 4.15) Los hombres tienen autoridad sobre las mujeres y las mujeres virtuosas son devotas y cuidan, en ausencia de sus maridos, de lo que Alá manda que cuiden. Aquellas de las que los hombres teman desobediencia, deben ser amonestadas, recluidas y golpeadas (Las Mujeres 4.34) Las esposas son un "campo labrado" para los hombres, al cual estos pueden acudir cuando quieran (La Vaca, 2.223) y así sucesivamente.
Decir que es un problema de interpretación como hacen algunas "feministas islámicas" es, en el mejor de los casos, una justificación de las propias creencias o, en el peor de ellos, la justificación  del ala derecha del movimiento político islamista, cuyo blanco primero y primordial son las mujeres.
Déjenme ofrecerles un ejemplo de lo absurdo de las reinterpretaciones. En el versículo en el que se autoriza que se pegue a las mujeres, las feministas islámicas dicen que "el islam solo permite acudir a la violencia tras la amonestación y la reclusión, como un último recurso".Alegan que, como en aquellos tiempos los hombres pegaban a sus mujeres despiadadamente, esto es una restricción impuesta a los hombres para que peguen a las mujeres en forma más compasiva. (Women Living Under Muslim Laws, For Ourselves Women Reading the Koran, 1997). O, según alguna otra "En casos extremos, en que se pueda originar un grave perjuicio, por ejemplo un probable divorcio, se permite al marido administrar una suave palmadita a su esposa que no le cause un daño físico en su cuerpo ni le deje ningún tipo de marcas. Esto puede servir, en algunos casos, para hacer consciente a la mujer de la gravedad de su pertinaz conducta irresponsable" (Gender Equity in Islam Web Site).
Baste esto para dejar claro que la misoginia no puede nunca interpretarse en sentido favorable a la mujer aunque la volvamos del revés.
Desde luego, cada cual tiene el derecho de creer en cualquier credo que elija, por muy medieval y reaccionario que sea. Aun más, defender el derecho a mantener tales creencias es parte integrante de una sociedad civil, pero ello es muy diferente  de permitir que tales creencias sean las que informen los derechos de la mujer, o de permitir la creencia en sí. Por supuesto que una mujer adulta tiene el derecho de creer que debe ir velada; debe ser golpeada por su marido si le desobedece, debe recibir el permiso de su tutor masculino para viajar o trabajar; no es apta para ciertos tipos de trabajos o de estudios a causa de sus "emociones"; debe ser lapidada si tiene una relación sexual fuera del matrimonio; y así todo.
Pero si se elimina cualquier forma de intimidación  o amenaza islamista, así como la ley islámica, el racismo, el relativismo cultural y la promoción del gueto, es decir, las bases sobre las que se funda la expansión del movimiento político islamista, puedo asegurarles que encontrarán muy pocas mujeres que quieran abordar el asunto de sus derechos dentro de los márgenes marcados por el islam.
El hecho de que se aborde la discusión de tales derechos de esa manera es más una indicación de la fuerza del movimiento político islamista que ninguna otra cosa. Esta es la razón por la que "Las Feministas Islámicas" o "Los Asesores sobre Asuntos concernientes a Mujeres Islámicas" están más preocupados por el islam que por las mujeres y sus derechos.
Otro ejemplo de esto es su constante intento por fijar los límites respecto a quien  puede y quien no puede discutir sobre los "derechos de las mujeres musulmanas". ¡Yo creía que la clave de la defensa de los derechos estaba en la movilización del mayor número de apoyos posible y no en el establecimiento de un exclusivo club compuesto por las pocas personas autorizadas a decir algo sobre el asunto!
Cada vez que alguien habla sobre el estatus de la mujer en el islam, es inmediatamente tachado de "islamofóbico" y "racista", de "Feminista de raza blanca" que ignora la guerra emprendida por el imperialismo americano y europeo contra "el cuerpo de las mujeres musulmanas", de partidario del militarismo americano y de su actitud desafiante, de "defensor de la guerra contra el terrorismo", y así sucesivamente. Sin olvidar que también se le recordará que existen cosas mucho más importantes hoy en día, como  la pobreza o el imperialismo americano (este último sale  siempre a relucir) y, por supuesto, que los crímenes del gobierno de los EEUU son mucho más perversos y deben constituir el único y principal foco de atención...
 
¡Qué absoluta estupidez!

Criticar el islam (una creencia) y el islam político (un movimiento reaccionario de extrema derecha que blande el islam como su bandera) nada tiene que ver con el racismo, por muy ladinamente que aquel pretenda que eso es así. La crítica de la creencia y la práctica de la mutilación genital femenina no significa que se vilipendie o se incite al odio contra las niñas o mujeres que creen que deben ser o han sido mutiladas.

Además, la solidaridad entre las distintas gentes no tiene nada que ver con el color de su piel,  su lugar de residencia o el régimen que les gobernaba cuando nacieron o el que les gobierna en la actualidad.

Al mismo tiempo, decir que  defender los derechos de las mujeres que viven sometidas a la ley islámica implica defender la guerra contra el terrorismo o el militarismo, imperialismo o colonialismo de los EEUU, es como decir que la educación sexual promueve la promiscuidad. Decir algo así es un intento de defender la religión por encima de cualquier otra cosa.

Y porqué debe hacerse una comparación con otros ultrajes existentes en el mundo. Vale que los EEUU puedan ser un polo en el terrorismo internacional de hoy en día, pero ¿qué tiene eso que ver con la defensa de los derechos de las mujeres que viven bajo el yugo de de las leyes y gobiernos islámicos?

¿Acaso les decimos a los ecologistas que los derechos de los niños son más importantes, debido a lo vulnerables que son estos? ¿Acaso les decimos a los que combaten el racismo que la pobreza es más importante que el racismo porque sin comida no hay vida? Únicamente cuando se trata de los derechos de las mujeres y, especialmente, de aquellas cuyos derechos se enfocan desde el relativismo cultural, es cuando tales argumentos salen a relucir.Y en concreto salen a relucir con el islam y el movimiento político islamista. Nadie dice que no debamos condenar la ocupación israelí de Palestina o a Tony Blair, porque el militarismo es el principal problema de nuestro tiempo.

Y por supuesto seguimos oyendo comentarios sobre las palabras de Jack Straw o del gobierno francés respecto al velo, al mismo tiempo que se  trae a colación nuestra actuación, de tal modo que nos ponen a todos en el mismo barco. ¿Cómo es posible? Yo quiero que se prohíba el burka, el niqab y el velo para las niñas. Creo que velar a las niñas supone una violación de los derechos de los menores. Quiero que se prohíba el velo en todas las instituciones públicas y dentro del sistema educativo. Siempre criticaré el hijab en cuanto instrumento represivo contra la mujer incluso si reconozco el "derecho" que algunas tienen a "escoger el velo". Y quiero que se tomen más medidas respecto a la religión, incluyendo la prohibición de las escuelas religiosas y la imposición fiscal a todas esas actividades religiosas de índole "caritativa" y a las mezquitas...

¿Acaso debemos  dejar de manifestar nuestra oposición a la pena de muerte solo porque, por ejemplo, Tony Blair se muestre igualmente contrario a ella de manera explícita?

En este contexto, creo que la defensa del velo basada en argumentos tales como que se trata de "una forma de vestir", "una expresión de fe", "una cuestión de elección" u otros similares, es más de lo mismo. Decir que hay que ir más allá del velo implica que esta es una cuestión superficial y que hay cosas mucho más importantes en juego. Pero no es este el caso.

El velo es un símbolo como ninguno de lo que significa ser una mujer bajo el islam, sustraída a la vista de los demás, limitada, amordazada. Es una herramienta para coartar y anular a las mujeres. Por supuesto que hay algunas que eligen ir veladas, pero no se puede decir que se trata de una cuestión de elección porque -socialmente hablando- el velo es todo lo contrario. No existe "elección" para la mayoría de las mujeres. En países regidos por el islam, su uso es obligatorio. Incluso aquí en Inglaterra, a tenor de lo acordado en una declaración conjunta de los "Grupos   de musulmanes, intelectuales y líderes" , entre los que se incluyen  el Consejo Musulmán de Gran Bretaña, Hizb ut Tahrir  y la Comisión Islámica de "derechos humanos",  el velo "no es objeto de debate". La declaración llega hasta el punto de "advertir a todos musulmanes que sean extremadamente cautelosos en lo que respecta a esta cuestión, pues rechazar cualquier aspecto del islam puede llevarles a perder la fe."

Y ustedes saben lo que aquellos hacen a los que pierden la fe: los matan.

Como decía antes, eliminen toda la presión, intimidación y amenazas y verán cuantas siguen usando el velo.

En mi opinión, debatir la cuestión de los derechos de la mujer dentro de los márgenes del islam es una receta para la inacción y la pasividad de cara a la opresión de millones de mujeres que luchan y tratan de resistir en Inglaterra, el Oriente Medio y en todas partes. Ello constituye, con toda evidencia, una defensa fraudulenta del islam, pura y simplemente, y nada tiene que ver con la defensa de los derechos de la mujer.

No debemos permitir que sea el movimiento político islamista el que organice y redefina el debate sobre los derechos de la mujer. Donde quiera que ellos ejerzan el poder, el ser mujer se convierte en un crimen. En lugares como Gran Bretaña, en los que aquellos están ansiosos por obtener poder político, aspiran a controlar a las mujeres y relegarlas a las retrógradas comunidades orquestadas por ellos, valiéndose para esta finalidad de un discurso engañoso de "derechos" y "posibilidad de elegir", mientras defienden la ley islámica y a grupos y estados reaccionarios en Oriente Medio o en cualquier otro lugar. Ellos son una extensión del mismo movimiento que lapida a las mujeres hasta morir y les arroja ácido a la cara si no van correctamente veladas. Cuanto más fuertes se hacen, más represión sufren las mujeres en la llamada comunidad musulmana.

Frente a esta avalancha, la laicidad, el universalismo y todos los valores dignos de la humanidad del Siglo XXI deben ser defendidos y auspiciados de manera inequívoca. Debemos sostener el carácter sagrado del ser humano. El ser humano debe ser para nosotros el primero y principal punto de partida. Hay que cesar de subdividir a las personas en millones de categorías, comenzando por la religión sin llegar siquiera al ser humano. No debemos tolerar que se hagan concesiones a la religión en detrimento de las mujeres; no debemos tolerar que se respeten y toleren las creencias y las prácticas misóginas. Tenemos el derecho a criticar y a cuestionar el islam y sus corrientes, especialmente si consideramos lo que está haciendo a las mujeres hoy en día.

Como mínimo, debemos reclamar que la religión quede completamente al margen del sistema público de educación. La laicidad es un medio importante para proteger a la sociedad de la interferencia de la religión en la vida de las personas. La religión de cada uno debe ser un asunto privado.

Solo  con una defensa inequívoca de los derechos universales, de la laicidad así como de una concepción de los derechos y valores ajena a la religión, se podrá comenzar a defender a las mujeres,  garantizarles sus derechos y se  plantará cara al gran ultraje de este siglo.

Lo anterior es el discurso pronunciado en Goodenough el 13 de noviembre de 2006.