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Las Fatuas en derecho Musulmán
¿Islamofascismo? Hitler, Mahoma y el Islam. Parte Primera
Andrew Boston, Islam Watch
5 de febrero de 2008

Cliff May merece un  reconocimiento por su reciente columna en el National Review Online "The True Believers" (Los verdaderos creyentes). May se atreve a asociar  -si bien de forma indirecta, y a la postre,  inadecuada, me temo- a aquellos que denomina (cuidándose de establecer una profiláctica separación retórica respecto del Islam ortodoxo) bien "yihadistas militantes" o "islamistas" y a su  movimiento "islamismo militante"; con Hitler y su "movimiento", esto es, el nazismo.
Este incipiente esfuerzo de May debe ser alabado como intento de aportar luz sobre el posible nexo existente entre el nazismo de Hitler y el Islam. Pero en última instancia las asociaciones que aquel hace - la "habilidad para alimentar agravios y avivar ambiciones", alemanes/arios como raza superior, y su concordante, la supremacía del "Islam militante", e, invocando el libro de Eric Hoffer "The True Believer", el "fanatismo" genérico- pasan por alto conexiones doctrinales e históricas mucho más estrechas, aunque incómodas de admitir, entre el antiguo Islam y el moderno nazismo, sobre las cuales me propongo profundizar.

Diana  West  ha explicado sumariamente como el uso general del término "islamofascismo" enmascara gravemente ciertas verdades relevantes:

El término Islamofascismo es una útil invención que aísla bajo el manto protector de lo políticamente correcto al Islam más tradicional y  generalmente difundido, pues con él se sustrae esa religión y sus principios de todo posible escrutinio a la hora de preguntarnos qué es lo que mueve a nuestros enemigos yihadistas; siendo estos los primeros en declararlo así.

Mi argumentación presenta un contexto histórica y doctrinalmente relevante si el actualmente tan  socorrido término islamofascismo  se entiende y se usa con propiedad,  reconociendo el directo nexo de unión existente entre el Islam, el despotismo premoderno y las modernas ideologías totalitarias

Islam, Nazismo, Totalitarismo.

Durante una entrevista realizada a finales de los años treinta (publicada en 1939), se le preguntó a Carl Jung, el psiquiatra suizo fundador de la psiquiatría analítica, "...si tenía algún tipo de anticipación sobre cual sería la siguiente etapa en el devenir de las religiones", a lo que Jung respondió, en referencia al fervor nazi que se había adueñado de Alemania,

No sabemos si Hitler fundará un nuevo Islam. Ciertamente está en la senda para lograrlo, es como Mahoma. Las emociones en Alemania son islámicas, guerreras e islámicas. Todos allí están ebrios de un dios feroz. Ese podría ser el futuro histórico.

Albert Speer, que fue ministro de la Guerra con Hitler, escribió unas memorias llenas de pesar sobre sus experiencias en la II Guerra Mundial, durante el cautiverio de 20 años, al que fue condenado por el Tribunal de Nuremberg. El relato de Speers incluye este texto, que capta el punto de vista racista de Hitler sobre los árabes, por un lado, y su entusiasmo por el Islam, por el otro.

Hitler se había quedado muy impresionado con un fragmento de la historia que le había relatado una delegación de distinguidos árabes. Según le contaron sus visitantes, cuando los mahometanos intentaron sobrepasar los límites de Francia para adentrarse en Centro Europa, durante el siglo séptimo, fueron replegados en la batalla de Tours. Si los árabes hubieran ganado esta batalla, el mundo sería mahometano en la actualidad, pues la suya era una religión que creía en la difusión de la fe mediante la espada y en el sometimiento de todas las naciones a su fe. Tal planteamiento encajaba  a la perfección con el temperamento germánico. Hitler dijo que los conquistadores árabes, debido a su inferioridad racial, a largo plazo habrían sido incapaces de soportar la dureza del clima y las condiciones del país. Tampoco habrían podido someter a los nativos más vigorosos, de modo que finalmente habrían sido germanos islamizados y no árabes los que habrían liderado ese imperio mahometano. Hitler solía acabar siempre esta especulación histórica recalcando: "¿Veis? Ha sido una desgracia para nosotros tener la religión equivocada ¿Por qué no hemos tenido la religión de los japoneses, que ven el sacrificio por el emperador como el mayor bien? La religión mahometana también habría sido mucho más compatible con nosotros que el cristianismo. ¿Por qué tuvo que ser el cristianismo con su humildad y su  debilidad?
Una ambivalencia similar caracterizó el apoyo de los nazis a las causas árabes durante el periodo de la segunda guerra mundial. Por ejemplo, en 1937, Hitler llegó incluso a proponer que se omitiera su teoría sobre la "escala racial" - que denigraba a los árabes - de una traducción al árabe de Mein  Kampf que se encontraba en curso. Y un portavoz del Ministro de Asuntos Exteriores en Berlín, durante una conferencia de prensa de noviembre de 1942, de la que se hizo eco el New York Times,  se tomó "bastante molestia" en asegurar a los árabes que la política antisemita de los nazis iba dirigida exclusivamente contra los judíos. Las palabras del portavoz fueron:

La diferencia entre la actitud de Alemania con respecto a los árabes y a los judíos ha sido claramente mostrada en el intercambio de cartas entre el primer ministro de Irak, Rashid Alí, y el Instituto Alemán para los Problemas Raciales. Nosotros no hemos afirmado nunca que los árabes fueran inferiores en cuanto raza. Por el contrario, siempre hemos destacado el glorioso pasado histórico del Pueblo Árabe.

Aunque en su mayoría olvidados en la actualidad de manera inexplicable, existen textos de la época comprendida entre la segunda mitad del S.XIX y la primera mitad del S.XX,  que debemos a grandes eruditos e intelectuales - por ejemplo, los historiadores Jacob Buckhardt, Waldemar Gurian y Stoyan Pribichevich, el filósofo Bertrand Russell, el teólogo protestante Karl Barth, el sociólogo Jules Monnerot, y más señaladamente, el ilustre erudito en ciencia islámica del pasado siglo, G.H. Bousquet -  en los que,  al igual que Carl Jung, aquellos describen al Islam como  una ideología despótica, o, de acuerdo con el léxico del S.XX, totalitaria.
Según el historiador suizo Burkhardt, fue el fanatismo del que Mahoma se imbuyó  la fuente fundamental de su gran fuerza, y lo que le condujo a su triunfo como déspota:

La personalidad de Mahoma es esencialmente fanática; en ello radica básicamente  su fuerza. Su fanatismo es el propio de un gran simplificador  y es, hasta cierto punto, bastante original. Pertenece a la clase  más implacable de fanatismo, esto es, al adoctrinamiento vehemente. Y su victoria constituye uno de los más grandes triunfos del fanatismo y la trivialidad. Cualquier tipo de idolatría, cualquier misticismo, así como la multiplicidad de credos hasta entonces existente,  le provocan  una auténtica ira, y sabe encontrar una solución para un momento en que amplias capas de población en su país son en gran manera receptivas a una simplificación extrema de lo religioso.

Buckhardt  destaca el hecho de que los árabes, seguidores de Mahoma, no eran unos bárbaros, sino que poseían su propio imaginario y tradición espiritual.
La buena acogida del discurso de Mahoma entre ellos fue en cierto modo el resultado de un evidente deseo de supraunificación tribal, y de "una simplificación extrema". El genio de Mahoma "reside en haber divinizado todo ello".  Utilizando materiales de las más variadas tradiciones y aprovechándose de la circunstancia de que "los pueblos que fueron entonces atacados podían encontrarse, hasta cierto punto, cansados de la teología y mitología que profesaban", Mahoma

...con la ayuda de al menos diez personas, hizo un repaso de la religión de los judíos, cristianos y parsis (zoroastristas) y robó de ellas todo retazo susceptible de ser utilizado por él, modelando estos elementos de acuerdo con su imaginación. Así todo el mundo encontraba  en los sermones de Mahoma un eco de su religión tradicional. Lo asombroso del caso es que con todo ello Mahoma  no solo obtuvo un reconocimiento  durante el tiempo de su existencia y el homenaje de Arabia, sino que fundó una religión que sobrevive todavía y que tiene de sí misma  una elevadísima opinión.

Burckhardt concluye que, a pesar de estos logros, Mahoma no fue un gran hombre,  aunque acepta la comprensible inclinación,

...a deducir  grandes causas de grandes efectos, y así, de los logros de Mahoma, la grandeza del hombre que los originó. En el peor de los casos a Mahoma  se le quiere conceder que no fue un fraude, que se tomó con seriedad los asuntos, ect. Sin embargo,  a veces es posible incurrir en error con este tipo de deducciones relativas a la grandeza y confundir la mera fuerza con la grandeza. En este caso son, con gran diferencia,  las más bajas cualidades del ser humano las que han sido destacadas. El Islam es el triunfo de la trivialidad, y  la mayor parte de la humanidad es trivial...Pero la trivialidad desea ser tiránica y está orgullosa de imponer su yugo sobre los  espíritus nobles. El Islam quiso privar a viejas y distinguidas naciones de sus mitos, a los persas les privó  de su Libro de los Reyes, y en los últimos 1200 años ha privado de hecho  a un enorme número de poblaciones de sus esculturas y de sus pinturas.
El historiador de la Universidad de Notre Dame, Waldemar Gurian - un refugiado que fue testigo de primera mano de los movimientos totalitarios fascista y comunista en Europa - sacaba la conclusión (en torno a 1945) de que Hitler, de manera análoga al precedente  del siglo VII que constituyó Mahoma - tal como lo describía Burkhardt-  fue el simplificador del nacionalismo alemán.

Un fanático simplificador que se mostraba como el unificador de las diversas tradiciones germánicas al servicio de objetivos puramente nacionales y que era visto por los más diversos grupos de alemanes - e incluso por algunas personas de fuera de Alemania - como  el realizador de sus sueños y el sustentador de sus creencias compartidas, con ciertas distorsiones y exageraciones - tal como, durante todo el tiempo que duró su éxito, fue Adolf Hitler.

Basándose en una comprensión de los hechos igualmente clara (y desprovista de los tediosos límites de la corrección política, propios de hoy día)  Karl Barth, como Carl Jung (citado anteriormente) hizo esta advertencia, también publicada en 1939:

Una participación en esta vid -la única respetable y digna de ser vivida según su criterio- es lo que el Nacional Socialismo, como experimento político, promete a todos aquellos que acepten libremente participar en ese experimento. Y así se hace comprensible el por qué, en cuanto aquel encuentra cualquier resistencia, solo puede aplastar y matar  ¡con el poder y el derecho que son propios de la divinidad! ¡de igual modo que lo hizo el Islam en otro tiempo! Es imposible entender el Nacional Socialismo a menos que lo contemplemos de hecho como un nuevo Islam (las negritas pertenecen al original), sus mitos como un nuevo Alá y a Hitler como el nuevo Profeta de Alá.

Tanto el filósofo Bertrand Russell, en 1920, como el sociólogo Jules Monnerot tres décadas más tarde (en 1953) vieron la otra gran corriente del siglo XX, el emergente bolchevismo y el comunismo de estilo soviético ya institucionalizado, como - en palabras de Monnerot - "El Islam del siglo XX".  Russell escribió proféticamente en su Teoría y Práctica del bolchevismo, de 1920, que,

Dentro de las religiones, el bolchevismo ha de ser entendido como  mahometanismo, mucho más que como cristianismo o budismo. El cristianismo y el budismo son ante todo religiones personales, con doctrinas místicas y amor por la contemplación. Tanto el mahometanismo como el bolchevismo tienen un carácter práctico, social, no espiritual, comprometido con el dominio de este  mundo.

Hacia 1953, Monnerot (en su Sociología y Psicología del Comunismo) consideró la "tiranía absoluta" del comunismo soviético "comparable al islam", por ser ambos una "religión secular (negritas en el original) y aspirar a un estado universal" (negritas en el original). Discurría, en particular, sobre esta coincidencia entre la triunfal emergencia de los imperios islámico y soviético, como sigue:

Esta mezcla de la religión con la política fue  una de las características primordiales del mudo islámico en su periodo victorioso. Ello permitió al jefe de estado operar más allá de sus propias fronteras en su condición de comendador de los creyentes (Amir-al-muminin); y  de esta manera un Califa podía contar con sus dóciles instrumentos, o almas cautivas, donde quiera hubiera hombres que reconocieran su autoridad. Las fronteras territoriales que pudieran hacer parecer que sustraían a alguno de sus súbditos de su jurisdicción no eran más que obstáculos materiales; la fuerza militar podría compelerlo a simular respeto por la frontera, pero la propaganda y la guerra subterránea continuarían tras ella. Las religiones de esta naturaleza no conocen fronteras. La Rusia soviética no es más que el centro geográfico desde el que el comunismo irradia su influencia; es un "Islam" en marcha, y contempla sus fronteras en todo  momento como puramente provisionales y temporales. El comunismo, como el Islam victorioso, no hace distinción entre política y religión...

En un brillante y desapasionado análisis contemporáneo, Ibn  Warraq describe catorce características del fascismo arquetípico (ur-fascismo) tal como son enumeradas por Umberto Eco, analizando su potencial relación con los elementos esenciales y las aspiraciones del Islam en el curso del tiempo. Y así aduce como tales algunos ejemplos sobresalientes que reflejan los elementos clave considerados por Eco: la institución sin parangón de la yihad, el establecimiento de un califato regido por el "virey de Alá en la tierra", el califa - que se rige por la ley islámica, esto es, la sharía, un rígido sistema de subordinaciones y discriminaciones sacralizadas contra los no musulmanes y las mujeres, desprovisto de la más elemental libertad de conciencia  o de expresión. Los planteamientos de Warraq confirman las conclusiones de G.H. Bousquet (en 1950) obtenidas a partir de sus estudios académicos acerca del desarrollo histórico e implementación de la ley islámica:
El Islam se presentó en primer lugar  ante en el mundo como un sistema doblemente totalitario. Exigía su implantación en el mundo entero, y además, en virtud del sagrado origen de ley mahometana y los principios del fiqh (jurisprudencia), exigía  el derecho a regular hasta en los más nimios detalles toda la vida de la comunidad musulmana y de cada creyente particular...el estudio de la ley mahometana (por árido e ingrato que pueda parecer) ... es de gran importancia para el mundo hoy en día.

Incluso hacia la mitad del siglo XIX, Buckhardt, difundiendo su caracterización del fundador del islam, Mahoma, como un déspota, describió la polis teocrática creada por aquel como un ejemplo de despotismo religioso especialmente extremo, creado y (expandido) via yijad, que intentó anular el pasado preislámico de sus nuevos devotos, deshonrando ese legado.

Todas las religiones son excluyentes, pero el Islam lo es en especial, y desde tiempo muy temprano evoluciona hacia un estado  que se integra como una sola pieza con la religión, siendo el Corán su código de leyes laicas y sagradas. Las disposiciones de este abarcan todas las áreas de la vida... y permanecen rígidas e inamovibles; la estricta mentalidad árabe impone dichas características a las más diversas nacionalidades y de esta manera las moldea para siempre (¡esclavitud moral profunda y de gran alcance!). Este es el poder del Islam por si mismo. Al mismo tiempo, ya se manifieste en  un imperio mundial o en un estado que se ha ido desgajando gradualmente de aquel, solo puede constituirse como una monarquía despótica. La auténtica razón y excusa de su existencia, la guerra santa  y la potencial conquista del mundo, le impiden discurrir por otro cauce. La prueba más poderosa del genuino y extremadamente despótico poder del Islam es que haya sido capaz de anular, en tan gran medida, la historia completa (costumbres, religión, anterior forma  de concebir las cosas,  imaginario previo) de los pueblos convertidos a él. Y lo llevó a cabo inculcando en aquellos una nueva arrogancia religiosa que era superior a cualquier otro sentimiento, lo que les indujo a avergonzarse (negritas en el original) de su pasado.

El trabajo sobre los Balcanes realizado en 1938 por el historiador Stoyan Pribichevich "World without end" (Mundo sin fin) demuestra hasta qué punto la teoría del despotismo islámico elaborada por Burckhardt es aplicable al imperio otomano. Privichevich ofrece estos ejemplos ilustrativos, comenzando con la caracterización de los sultanes otomanos:
Todo sultán  era descendiente de sangre de Osmán (muerto en 1326, fundador de la dinastía de los otomanos); comandante supremo de las fuerzas armadas;  Califa, o jefe religioso de los musulmanes;  Padishah o rey de reyes con poder sobre la vida y la muerte de los propios ministros de su gabinete;  ejecutor indiscutido de la voluntad del Profeta; la sombra de Dios en la tierra

Pese a que el Sultán tenía un Consejo compuesto por dignatarios de distintas categorías a cuya cabeza se encontraba un antiguo "Primer Ministro", el Gran Visir, que aconsejaba a aquel,  Pribichevich hace notar esto:

Pero del mismo modo que los jenízaros (ejército de esclavos que eran raptados entre las familias de los pueblos cristianos subyugados durante su adolescencia, y convertidos forzosamente al Islam, como parte del sistema otomano de levas de devsirmes) aquellos eran Kuls, esclavos cuyas vidas y bienes pertenecían a su señor. Se dieron casos en que el Gran Vizir era enviado a la muerte por un mero capricho del Sultán.
Por ello Pribichevich concluye, a la vista del Sultanato Otomano, "Entre todos los dictadores conocidos los sultanes eran los más dictatoriales".
Y Pribichevich continúa explicando como este dictatorial Sultanato actuaba dentro del contexto global del sistema político totalitario de la religión islámica; lo que está en consonancia con la observación hecha por Bousquet en 1950, basada en los últimos análisis de la ley islámica.

Así pues, el Islam era una religión totalitaria. El Corán no regulaba únicamente la relación del hombre con Dios, sino también todos los aspectos de la organización política, la economía y el comportamiento privado. Aunque el Sultán era el único legislador, se esperaba que sus leyes, las sheri (sharía), fueran conformes al texto sagrado. Ahora bien, para la correcta interpretación de las frases del Profeta, existía un cuerpo de instruidos juristas y clérigos, los Ulemas. Así como ningún musulmán de nacimiento podía llegar a ser miembro de los Jenízaros, ningún cristiano convertido al Islam sería nunca autorizado a entrar en la sagrada corporación de los Ulemas. Estos teólogos no eran esclavos del Sultán, pero su opinión era meramente consultiva. Por lo tanto la exótica estructura global del estado otomano puede resumirse así: El Corán era la Constitución del Imperio;  el Sultán su ejecutor absoluto; los Jenízaros, los soldados y administradores; y el cuerpo deliberativo de los Ulemas, una especie de Corte Suprema.

Finalmente las entrevistas realizadas por el periodista de investigación John Roy Carlson, entre los años 1948-1950, a los líderes religiosos y políticos del mundo árabe-musulmán proporcionan una confirmación independiente y concluyente de estas valoraciones occidentales. Quizás las más reveladoras fueron las cándidas afirmaciones de Abul Saud, al que Carlson describe como "un encantador miembro anglófono de la oficina de la liga árabe". Abul Saud explicó a Carlson que el Islam era un  credo autoritario de carácter político religioso que abarcaba todos los aspectos de la existencia temporal y espiritual de un musulmán. Afirmaba este con toda claridad:

Puede describirse el Mahometanismo como una forma religiosa de socialismo de estado...El Corán otorga al estado el derecho a nacionalizar la industria, distribuir la tierra, o expropiar la propiedad. Garantiza al regidor del estado poderes ilimitados, siempre y cuando no actúe en contra del Corán. El Corán es tanto  nuestra constitución personal como  política.

Y tras entrevistar al propio fundador de La Hermandad Musulmana, Hassan al-Banna, que "predicaba la doctrina del Corán en una mano y la espada en la otra", Carlson observaba:
Quedaba claro para mi porqué el egipcio medio idolatraba el uso de la fuerza ¡El terror era sinónimo de poder! Esta era la razón por la que la mayor parte de los egipcios independientemente de su clase o   había admirado la Alemania Nazi. Ello ayuda a explicar el sensacional crecimiento de la Ikhwan el Muslimim (La Hermandad Musulmana).