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Un pañuelo que suscita extrañas cegueras
Liliane Kandel
Le Monde 7 de julio de 2003

Hacia mediados de los años setenta, cuando los movimientos feministas quisieron denunciar las violaciones y exigir que fueran juzgadas como crímenes, aquello provocó, sobre todo entre la extrema izquierda, un verdadero clamor de protestas: las feministas, hasta entonces respaldadas por su combate en favor del aborto (y por su desafío a la ley de 1920), se vieron convertidas, de la noche a la mañana, de aliadas en prácticamente agentes de la "represión" y de la justicia "burguesa".

Por todas partes llovían exhortaciones, reprimendas y llamadas al orden: en lugar de tomarla con los violadores, a menudo meras víctimas de la sociedad, había que atacar la raíz de la violación: la injusticia social, la "miseria sexual", la explotación capitalista, colonialista (o post colonialista).Condenar a los violadores, se decía, no era ciertamente la solución sino, casi siempre, la peor de las soluciones.

Se trata de los mismos argumentos, la misma vehemencia, el mismo rechazo a la ley (o a la eventualidad de que se adopte alguna) que vuelven a aparecer, pasado el tiempo, en el debate sobre el uso del velo en la escuela. De nuevo se denuncia la existencia de una "escalada" represiva, de una "colonización de todos los espacios de la vida social por la lógica punitiva".
De nuevo se vuelve a repetir que "los principales problemas son socio-económicos y políticos", y se enumera en la más estereotipada jerga sindical, los múltiples males que aquejan a la escuela: "clases masificadas, falta de personal y exceso de empleos precarios, ausencia de apoyo a los alumnos con fracaso escolar o con dificultades". Es eso lo que habría que combatir y no esa cuestión, meramente anecdótica al fin y al cabo, que representa el velo en la actualidad, como lo representaba la violación anteriormente.

Uno experimenta una especie de sentimiento de inquietante familiaridad al escuchar estos discursos, estos análisis - y estos anatemas- a los que no parece afectar ninguno de los cataclismos y conmociones del último cuarto de siglo. Irán convertido en  República Islámica vela a sus mujeres, a menudo las lapida; el código de familia ha sido adoptado en Argelia, el Muro de Berlín  se desplomó, las Torres Gemelas se han visto reducidas a escombros, los atentados suicidas, algunos de ellos cometidos por mujeres, se multiplican y se banalizan: pero de manera imperturbable una parte de la extrema izquierda denuncia en Francia "escaladas punitivas", discriminación y represión.

Y uno las suscribiría sin reservas si por lo menos, en diez o veinte años, la fisonomía de las dominaciones y las represiones no hubiera cambiado de escenario, de importancia o incluso de naturaleza; y si la cuestión del velo no fuera un ejemplo ilustrativo de lo anterior: por un lado se trata de un asunto histórico, político o geo-político; por otro helo aquí confinado estrictamente a la esfera de lo social, o incluso de lo sindical.

No cabe duda de que hay que intentarlo todo para evitar la exclusión y para ayudar a las chicas jóvenes a medir las consecuencias de lo que se juegan con su decisión. Pero el discurso que estas mantienen, aun en el caso de ser sincero, no es lo único que está en liza, especialmente cuando aquel permite a otros de los que intervienen en este debate camuflar, o aún peor camuflarse ellos mismos, respecto de otras cuestiones  que también están en juego. Cuando se nos induce a olvidar que, para millones de seres humanos hoy en día, el velo es ante todo un signo de coacción, de violencia y, a menudo de terror.
Cuando aquel permite ignorar esos miles de chicas jóvenes, ellas también en la flor de la vida, que han sido asesinadas en Argelia por haberse opuesto a llevar el velo. Cuando aquel nos impide ver que a través del símbolo del velo están en juego otras muchas "discriminaciones", "exclusiones" y "represiones".

En este concreto punto los adversarios de una ley sobre el velo son categóricos: "esas violencias, dicen aquellos, son reales pero no conciernen en modo alguno al debate francés".
Se trata de negarse obstinadamente a ver que coacciones y violencias tienen lugar cotidianamente, aquí mismo: con mayor frecuencia cada vez, y que es por protegerse de las agresiones por lo que un gran número de jóvenes musulmanas se resignan a ponerse el velo en Francia. Y es precisamente porque algunas se someten a él (o lo aceptan voluntariamente), por lo que aquellas que se niegan a llevarlo son sistemáticamente hostigadas, humilladas, consideradas como "prostitutas" o violadas. Ahí estuvo la marcha de "Ni putas ni sumisas" para recordarlo.

Aquí estamos pues rebasando ampliamente el (ya bastante problemático) "derecho a la diferencia", eslogan fetiche de la militancia de las últimas décadas: como acaba de recordarnos Dalil Boubaker, rector de la mezquita de París,  no es la "integración" - o no únicamente- la cuestión que hoy nos ocupa, sino, querámoslo o no, el integrismo y el fundamentalismo islámico.

Observen esto simplemente: buscaremos en vano cualquiera de estos términos - y de estas realidades- en cualquiera de los textos que defienden que se lleve el velo ¿debemos creer que, para sus autores, la amenaza integrista, como la nube de Chernobil, se detiene en las fronteras francesas?

Esta extraña ceguera no es exclusiva de los detractores de la ley sobre el velo; es característica de un gran número de discursos "pacifistas", desde el momento en que estos se obstinan en negar la realidad de un conflicto, y el peligro (a veces incluso la existencia) de un adversario: recordemos los manifiestos y peticiones que, tras el 11 de septiembre de 2001, no cesaban de condenar el terrorismo... de los Estados Unidos.

Da la impresión de que hoy en día todavía, tal como decían los pacifistas de los años treinta, "en cualquier guerra, el enemigo número 1 está siempre entre nosotros". ¿Bush-Sarkozy igual combate? Tal vez, pero ¿a donde han pasado entonces la UOIF y Bin Laden?


La ceguera roza a veces la indecencia cuando alguno de los firmantes de estas peticiones la emprende en nombre del "feminismo" (o de lo que aquel considera feminismo) con el movimiento "Ni putas ni sumisas"; cuando banaliza y minimiza los ataques a los que estas se ven expuestas, atribuyéndolos a todas las discriminaciones machistas que han tenido lugar y aun tienen lugar en Francia.

Enumerémoslas: la publicidad sexista, "el hostigamiento sexual en el mundo de la moda", la "violencia conyugal dentro del mundo de la política", el hecho de que las mujeres representen solo el 24% de los cuadros directivos en las empresas privadas, el 12% de las diputadas, o el 4,6% de los Prefectos, que ninguna mujer haya sido nunca ministra de hacienda...el catálogo continúa, y es, por supuesto, interminable.

Conclusión: "En términos de dominación masculina, las casas de vecinos no difieren esencialmente de los escaños del Parlamento o de los sillones de los consejos de administración".

¡He aquí, pues, la razón por la que su hija debe llevar el velo! ¡He aquí por qué la ausencia de mujeres directivas o gobernadoras sirve para hacer callar a las chicas de los suburbios! Y he aquí la forma en que un discurso victimista generalizado se vuelve contra las mujeres más expuestas a la violencia. Si el machismo y la "dominación masculina" están por doquier, si las mujeres se han visto sometidas a ellas desde la noche de los tiempos y en todos los continentes, entonces ¿a qué viene preocuparse  más por las chicas quemadas en sótanos o agredidas en el portal de una casa de vecinos que por la feminización de los consejos de administración? ¿O por la obligación de llevar el velo (o por aquellos que la imponen) antes que por la penuria de mujeres en la alta dirección? ¿Por  unos sistemas de pensamiento, de creencias -o de gobierno- que provocan un tipo determinado de violencia sexista, y no por otros?


El pliego de argumentos de nuestros "feministas" de nuevo cuño presenta una gran semejanza con esos análisis que, en otro tiempo, explicaban que "desde el punto de vista de las mujeres", el III Reich no difería a penas de la República de Weimar o de los países democráticos vecinos: la denuncia virtuosa del machismo y de la "dominación masculina" les autorizaba a olvidar, simple y llanamente, las diferencias entre el totalitarismo y la democracia...

¿Cómo resignarse a estas tergiversaciones? Para aquellos y aquellas -éramos numerosos- a cuyos ojos el feminismo era ante todo una exigencia de libertad, un deseo de historia y una pasión política, es como mínimo irónico verlo utilizado de este modo en provecho de retóricas ciegas ante el devenir político, la violencia de los tiempos y los vuelcos de la historia.

"Señoritas, señoritas, decía graciosamente Brigitte Fontaine, ¡el S. XIX se ha terminado! Y también el XX. E incluso el segundo milenio

Deseemos a las chicas veladas que sus abogados y abogadas improvisados terminen por tomar conciencia de eso.
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Liliane Kandel es ensayista y ha sido responsable del Centro de Estudios y de Investigaciones Feministas de la Universidad de París-VII
*Artículo publicado en la edición del día 8 de julio de 2003
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